Hay un ciclismo barbudo y greñudo que…

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Hay un ciclismo que crece entre nosotros. En medio de las ciudades, entre los atascos de la mañana, entre bordillos y papeleras. Apoyado en los semáforos. Invadiendo, no siempre, aceras, badenes,… Es un ciclismo irreverente en apariencia. Se practica de forma desordenada, Espontáneamente. La bicicleta es parte de la vestimenta. Se complementa con piezas retro, vintage que gusta llamar. Es un ciclismo barbudo, de greñas y no lo entiendan despectivo. Es un ciclismo urbano, principalmente, cuyo efecto centrífugo puede llevarlo a las dimensiones más insospechadas.

Y a pesar de todo, en el fondo, muy en el fondo, este ciclismo bebe de la tradición, de las formas consolidadas y convencionalismos estrictos. Se interesan por la historia, por el velódromo, las trazadas, la pizarra,.. Se llaman fixies por que calzan máquinas de piñón fijo. Llevan la bicicleta de pista, desprovista de frenos y cambios, a la calle, a la avenida. Son intrépidos y la locura define, vistos desde afuera, algunas de sus acciones. No se cortan y crecen en número y calidad. Con ellos prolifera una industria, de materiales y tejidos que recuperan los sabores de los sesenta. Complace ver que en plena edad de la mecánica y estandarización, la bicicleta al menos supone el contrapunto de individualidad.

Este tipo de ciclismo cala poco a poco en el tradicional. Lo oficial, lo establecido, lo políticamente correcto no puede girar la vista ante lo que acontece en estos círculos. Este sábado, mientras en la Vuelta a España se daba la salida a una edición marcada por la tremenda crisis que azota nuestro pelotón, en Barcelona, en la explanada del Forum, ahí donde se realizan megaconciertos, se celebraba el Red Hook Criterium, el súmmum para este público.

Gente de medio mundo citada en Barcelona para correr a cuchillo una carrera pensada en eliminatorias más un critérium de unas 24 vueltas a un circuito a partir de las nueve de la noche. Encaramados a ese ciclismo noctámbulo que aquí hemos pregonado como imprescindible para que este deporte llegue más allá de donde llega, esta gente montó un tinglado de ruido, color y pasión alrededor de un circuito iluminado que reunió un numerosísimo pelotón, cribado anteriormente en rondas previas, al son y estruendo de cientos de personas golpeando las vallas y la publicidad, eso quienes no iban dotados con una especie de “mini cencerro” que metía un ruido de mil demonios pero empujaba a no perder detalle de lo que acontecía. Hasta el speaker, megáfono en mano, chillaba al oído de los contendientes.

Y ¿quiénes eran éstos?. Pues gente como tú, como yo. Algunos excicistas del circuito B de Estados Unidos, añadidos a ciclistas urbanos, mensajeros,… y otros magos de la conducción que a pesar de la lluvia evitaron algunas de las caídas que sembraron la competición. Gente que se ha puesto en forma yendo en bici al trabajo. Cuando te habías recuperado del paso de los primeros, ya los tenías de nuevo ahí, y así hasta veinticinco veces para que un perla holandés, rapado por los lados y con pinta de frecuentar la Oktoberfest ganara en un pequeño sprint donde los californianos del Mash hasta realizaron labor de equipo en el control como se haría en una volata del Tour.

En definitiva, un ciclismo emergente que desafía las reglas pero que las acaba aplicando, y que incluso se acaba interesando por ellas. Una manera de ver que a pesar de los malos momentos, si se capitaliza esto que creo que no va camino de ser moda, pues la bicicleta se impone por pura necesidad en nuestra vida, quizá tengamos la solución a parte de los males que agotan nuestra estructura ciclista, la de toda la vida, la que un día deberá ver que más allá de lo convencional, late un colectivo que le puede suponer un excelente aliado.

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