El hombre que sonreía al oír la palabra “ciclismo”

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Hay veces que suena el teléfono, se presentan y temes lo peor. Hoy ha ocurrido cuando me comunicaron que nuestro amigo Gerardo Fuster acababa de morir. “Quería informarte de su muerte, por lo mucho que te apreciaba” me dijeron. No lloré, la verdad, pero el interior se encogió, la mirada fue a la ventana y recordé lo mucho y bueno que Gerardo dejó entre nosotros.

Casi seguro que los que leáis estas letras sabréis de quien os hablo, pues Gerardo tenía en este mal anillado cuaderno un lugar donde verter, con esa verborrea de antaño, lo mucho, lo muchísimo que sabía de ciclismo. Puntualmente nos explicó el Tour que vio con sus ojos e interrumpió su narración de la Vuelta, como presagio de lo que habría de venir.

Quienes conocieron a Gerardo en persona sabrán que todo lo que cuente aquí es cierto. Es un hombre al que la palabra ciclismo el provocaba uNa sonrisa, sus ojos se encendían como antorchas y sus pómulos lucían redondos. Le emocionaba el ciclismo, los ciclistas, sus gestas, sus gentes, las aficiones, los lugares, las carreras,… todo lo que tuviera que ver con una bici.

Era generoso y meticuloso. Generoso porque daba conocimiento sin condiciones y meticuloso porque si quedaba en algo lo llevaba hasta último extremo y, si en alguna ocasión, cosas de la vida, no podía ser, ponía el grito en el cielo porque a veces la propia vida nos sobrepasa por los lados y por encima.

Su historia es curiosa. Hermano de una de las personas más célebres de la medicina contemporánea española, Valentín, una eminencia en cardiología, Gerardo era un ingeniero industrial atípico. Desde bien joven empezó a trazar líneas en una hoja hasta la lograr la cuadrícula que daba forma a sus estadísticas del ciclismo de época. Sacaba rankings, clasificaciones, números y conclusiones en Rueda Libre, Noticiero Universal, Diario de Barcelona,… números que hablaban de las gestas de los primeros años de Poblet, de los últimos de Coppi, de quien guarda una bicicleta en el pasillo de su casa de Barcelona, de Masip, de Bartali, de Bobet,…

Los conoció a todos, los entrevistó a todos, convivió con todos, trabó amistad con todos,… conoció de primera mano el boom ciclista que hoy hace de los Países Bajos la referencia mundial en la materia y se hizo con un acerbo de conocimiento y experiencia que muchos años después le valdría para ser apreciado por donde pasaba.

En este mal anillado cuaderno habló de casi todas las grandes estrellas del ciclismo, también le requerimos para explicarnos las confidencias del Poblet que preparaba con mimo San Remo, nos sonrojó en las diferentes presentaciones que hicimos de “El primer campeón”, y nos regaló siempre sinceras palabras para la familia.

Por todo no podemos decir más que gracias amigo, por tanto a cambio de tan poco. Hoy sí podemos decir que sólo los buenos se van.

Imagen tomada de https://mybeautifulparking.wordpress.com

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