Chris Horner es el ganador legal pero no ideal

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“Me siento como un jovencito, tengo la ilusión de un chaval” dijo Chris Horner tras ganar en el Mirador de Lobeira, en los primeros días de la Vuelta a España que acabó ganando. Eran esos días en que le veíamos de rojo y hablábamos de lo pintoresco de un líder que supera los cuarenta años, que nunca se había dado y todas esas cosas que a los amantes de la estadística tanto les pone.

Luego cuando la llegada a Hazallanas debutó con el nombre del estadounidense, la cosa pasó a mayores pues era evidente que Chris Horner no vino para ganar una etapa y redondearla con un liderato que heredó de la gran crono por equipos que culminó su Radio Shack el día de las bateas. Horner quería pescar en serio. Con todo, y a pesar de su consabida veteranía cierto calambre recorrió su cuerpo en la crono de Tarazona, donde no rindió al nivel esperado.

Sin embargo la debilidad que Nibali destapó en Formigal fue un paulatino recorte de tiempo que en El Naranco le llevó hasta la prenda roja que no soltaría, ni siquiera por el acoso del Angliru donde tuvo la lucidez de descolgar a Nibali, una vez encajó con solidez sus golpes y la bajada final amenazaba arruinarle el sueño bonificación mediante.

Sí es Chris Horner, el abuelo de los abuelos del pelotón. El hombre que hace jóvenes a Jens Voigt, Pablo Lastras y compañía. Para que tomen conciencia de la longevidad que arrastra debió competir contra los que fueron rivales de Oscar Freire en su primer mundial, allá por 1999. Hablamos de Francesco Casagrande, Jan Ullrich, Frank Vandenbrocuke. Es compañero de generación del fallecido Marco Pantani, el desmejorado Eugeni Berzin, el denostado Abraham Olano. Hasta Michele Bartoli tiene sus primaveras. Es dantesco. Como si una reminiscencia de la segunda mitad de los noventa se hubiera metido en la nevera de Walt Disney y se mantuviera vigente en el lugar y tiempos errados.

Pero es el ganador a la fin. El hombre que como Moisés frente al Mar Rojo abrió en canal la afición ciclista y la no ciclista. Esa afición que no cree en los milagros, ni en los rendimientos sorprendentes, ni en la regeneración del ciclismo, por mucho que en Horner se den particularidades como su muy tardía explosión y una forma de ver la vida, en palabras de sus mentores, le hacen inmune al desgate habitual a un ciclista.

Con todo me apena mucho, y lo digo con el corazón en la mano, no sentir vibración cuando veo a este tipo aficionado a las hamburguesas sonreír con la tibieza de un crio que se esfuerza por complacer a la audiencia de TVE, hablando un cómico castellano que a fuerza de verse incapaz acabó abandonando por su nativo inglés. Y me apena no emocionarme con este ciclista que ha desafiado las leyes de la física del rendimiento sin haber sufrido el carrusel de insinuaciones que Chris Froome, en unos parámetros más “creibles”, tuvo que sortear en el Tour.

En esto hemos convertido el ciclismo del siglo XXI  y está claro que un ganador longevo, con compañeros de viaje nada edificantes y encina estadounidense no es de agrado de muchos, y de un servidor el primero. Lo lamento, de veras, pero este ciclista no me emociona,  y como a mí a muchos. Es lo que hay.

Foto tomada de Zikliamatore

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