La antología de “El Alpe d´ Huez”

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Me hallo ante una tarea de valientes. Acometer la escritura de una novela pura e íntegramente fundamentada en el ciclismo de carretera fue una decisión muy arriesgada por parte de Javier García Sánchez allá por 1994. Lanzarse a una escapada temprana en la etapa reina del Tour de Francia, tal y como hace su protagonista, resultó igualmente atrevido. Y no lo es menos emprender una aventura editorial sobre libros de ciclismo o empeñarse en reeditar toda un colección de obras ya descatalogadas, tal y como está haciendo La Biciteca con su colección “Re-Ciclados”.

Así pues, cuando uno se encuentra rodeado de personas tan valerosas, no puede escaquearse ni escurrir el bulto, la deshonra sería mayúscula, y por mucho que la misión asuste, no queda sino enfrentarse a ella y tratar, simplemente, de salir airoso sin resultar herido, y menos aún hacer daño a nadie.

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Así me he sentido a la hora de asumir la invitación de escribir el prólogo de esta reedición del “El Alpe d’Huez”. Estamos ante la que probablemente sea la novela más genuinamente ciclista de todas las que se hayan escrito alguna vez. También ante un escritor consolidado y bien reconocido en el mundo literario actual. Con este panorama, proponer unas páginas de presentación se me antoja una tarea difícil, de las que te hacen temblar las piernas. El autor debió pasarlo peor cuando se lanzó a crear la novela. Siempre he establecido cierto paralelismo entre él y su protagonista. El ciclista, tras su correspondiente meditación y espoleado por su instinto, se lanza a la aventura de intentar la gran escapada, sabiendo que le esperan tres colosos: la Croix de Fer, el Galibier (Col du Télégraphe incluido)  y el mediático Alpe d’Huez. El escritor, ignoro con qué motivaciones y procesos de toma de decisión, se sumerge en la documentación y en el proceso creativo. Ambos se esfuerzan y lo dan todo. Ambos demuestran a los lectores que son merecedores de su atención, de su tiempo y de su esfuerzo comprensivo. Por mi parte, el valor no está a tanta altura. Pero no hace falta. Puedo imaginar el sufrimiento del escapado, porque he subido en bicicleta los tres puertos descritos en el libro. Sin mérito alguno, ya que lo hice en tres jornadas diferentes en vez de en una única etapa; sin la prisa implantada por la competición (en el caso del relato la prueba más importante del calendario ciclista mundial) y puedo asegurar que infinitamente más despacio (ascensiones en “defensa propia” como me gusta calificarlas). En cuanto a las letras, no se me pide literatura. Apenas dar cuenta de una “tachuela” escrita que, afortunadamente, muchos de los lectores se saltarán. Así que en tales condiciones, quizá resulte que sea capaz de salvar el reto.

Estamos ante un hito de la literatura deportiva en castellano. Soy de esos lectores que consideran que ésta ya puede empezar a considerarse como un género. Aunque poco a poco, cada vez van apareciendo más títulos (en muchos idiomas) en los que la ambientación o la trama deportivas se erigen en el universo de desarrollo del relato. No debería resultarnos extraño ya que una importante mayoría de escritores a lo largo de la historia, han dado cuenta en sus obras, de aquellos acontecimientos sociales más relevantes en su época. Y nos guste o no, el deporte constituye, durante una gran parte del Siglo XX y lo que llevamos del XXI, uno de los fenómenos más notorios y populares de la civilización. Así pues, en mi modesta opinión, poca literatura deportiva estamos viendo aún, con respecto a la que podría llegarse a producir. Dicho esto, quiero incidir de nuevo en considerar que “El Alpe d’Huez” es un magistral ejemplo de este antojado “género” literario. El argumento, la trama, la ambientación, el desarrollo y desenlace son deporte. Puro deporte. La novela está fundamentada con el máximo rigor, tanto en aspectos mecánicos, como geográficos, fisiológicos, culturales, etc. Todo el ciclismo profesional está perfectamente integrado en sus páginas. Su lectura te hace calcular desarrollos, viajar por los Alpes franceses a ritmo de pedaleo, conocer los efectos del exceso de ácido láctico en la musculatura de las piernas… El lector no quedará defraudado ni como ciclista, ni como médico, preparador, director de equipo o simple aficionado. El protagonista tiene “clase”, y el autor maestría. Ambos demuestran estar muy preparados para la hazaña. Sin embargo, para conocer el desenlace no queda más remedio que leer completa la novela. Para empezar porque sólo así podrá conocer el lector en qué queda la escapada. Y además, porque sólo tras la lectura íntegra y atenta, podrá igualmente establecer su propia opinión con respecto al nivel del logro del autor. De todas formas, en ambos casos, el desenlace es lo de menos, la clave está en el proceso. Para el protagonista dicho proceso no es otro que la pormenorizada vivencia de una etapa alpina experimentada en solitario casi desde sus inicios. Un recorrido cartográficamente detallado, sufrido kilómetro a kilómetro y en el que desarrolla toda la novela, cargada de épica y de sensaciones corporales e ilustrada con un extenso y documentado bagaje de contenidos. Y desde luego, no exenta de emoción deportiva. En lo que respecta al proceso vivido por el novelista hasta concluir su magnífica obra, lo desconozco, aunque puedo imaginar fácilmente, tras su lectura, algunas de las fases por las que necesariamente debió de pasar: imaginación o visualización preliminar, inmersión ambiental y de conocimiento específico del ciclismo de carretera, quizá algunos encuentros con especialistas, etc. cada autor tiene sus métodos, técnicas y recursos propios. En cualquier caso, la lectura no ofrece una trama encaminada a un final primordial que eclipse todo lo demás. Al contrario, insisto, la clave de la novela está en el proceso de su lectura, en cada página (cada kilómetro) de la jornada que nos narra.

En una osada interpretación personal de la novela, se me antoja encontrar cierto vínculo entre el esfuerzo requerido para que el ciclista vaya superando cada uno de los tres colosos del recorrido, y el que el lector debe poner de su parte para avanzar en las diferentes partes del texto. En la Croix de Fer el pedaleo y la lectura son ágiles y hasta livianos, se parte con fuerza, con seguridad, aplomo y hasta alegría. Hay confianza. Cuando el relato circula por el Galibier a ambos (corredor y lector) las circunstancias, el recorrido, la situación de carrera y el esfuerzo previo, les exigen tesón, perseverancia, economía de esfuerzo y saber dosificar las fuerzas para no quemarse o sucumbir antes de tiempo. Hay que tratar de eludir la temida pájara, saber leerse a uno mismo y saber aprovechar cada resquicio de energía aprovechable (en el organismo del deportista y en el contenido de la novela). Llegados al Alpe d’Huez, viene la hora de la verdad, todo se ralentiza, la montaña se hace muro, las fuerzas fallan y sólo un esfuerzo sobrehumano permitirá, quién sabe, al ciclista llegar a concluir su cabalgada, y hacerlo a solas, o ser superado por sus perseguidores. Así mismo el lector “sufrirá” esa drástica reducción de velocidad, tendrá que esforzarse por mantener la paciencia en esperar el desenlace. Con cada nueva página, se encontrará sintiendo lo que sufre y experimenta un ciclista, llegado a esos extremos de agotamiento. Aunque pueda parecer imposible, el autor consigue alterar el estado perceptivo del lector, de un modo similar a cómo se ve alterado el de un corredor solitario al borde de la extenuación. Puedo dar fe de ello, porque más de una vez me he encontrado sumido en una fatiga de tales características a causa de la bicicleta. En esos momentos nuestra sensibilidad se aleja de racionalismos y de conceptos técnicos o tangibles y se centra en la vivencia de un estado perceptivo en el que los estímulos aparecen bastante alterados. Pues no me pregunten cómo lo consigue, pero Javier García Sánchez lo logra, consigue ponernos en la piel del escalador y hacernos pasar por esos diversos estados que conforman las diferentes fases de una etapa de estas características. Creo que gran parte del éxito lo logra a base de la variación de ritmo narrativo, pero no me quiero meter en ese tipo de “jardines” porque no soy más que un amante de la bicicleta y de la lectura, y ambas aficiones las mantengo con exclusivo afán de ocio y placer, mis ocupaciones laborales y profesionales están alejadas de ellas. Espero que mis palabras se interpreten conforme a mi intención. Si alguien se ha asustado con mis comentarios, es que no es lector suficiente: un miedoso. Lo mismo que si algún ciclista de carretera (deportista ocioso quiero decir), alguna vez tiene la oportunidad de afrontar aquellos puertos alpinos y no la aprovecha: se quedará sin saber lo que son los Alpes Franceses y los grandes puertos.

La publicación de esta recuperación de la novela “El Alpe d’Huez” es una excelente noticia para lectores y aficionados al ciclismo de ruta. Conservo la edición original y la guardo como oro en paño. Resulta que el autor veraneaba habitualmente en Molledo (un pueblo de la cuenca del río Besaya en Cantabria), lugar que también frecuentaba Miguel Delibes en épocas estivales (autor de otra acertada recuperación literaria por parte de “La Biciteca”). Mi amigo Pepe Cuevas coincidía con Javier García Sánchez allí, y gracias a esa circunstancia consiguió transformar mi ejemplar en un objeto de culto con una dedicatoria muy especial, que incluye alusiones importantes para mí. Con tanta carga emocional y confesando cierto fetichismo moderado que asumo cuando se trata de libros (y de bicicletas clásicas), puedo asegurar que añado esta edición “re-ciclada” a mi biblioteca particular.

Prólogo de la reedición de la Biciteca del libro “El Alpe d´ Huez” escrito por José Gutiérrez López

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