Impresión, Roubaix

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De la jornada del domingo, ese domingo de Pascua que siempre acoge la París-Roubaix me permitiréis quedarme con esa estampa, esa imagen, difusa, confundida, tamizada por un polvo que no es polvo, son agujas en la resistencia de los corredores, temblorosos, traqueteados y rotos por el esfuerzo que les exige más allá de sus capacidades.

Si el ciclismo fuera arte, y éste fuera ciclismo, Roubaix sería impresionista, una nube de polvo y ruido, un calambre de sur a norte, por donde seguir la carrera es sencillo: por donde va el ruido y la nube de polvo está el cotarro, con recovecos, leyenda y mitos, por sitios que trascendieron a los tiempos, que se trazaron hace más de doscientos años y transcurrido ese tiempo, todo sigue igual, intacto. Que nada cambie para que todo siga adelante.

Recuerdo un párrafo de El primer campeón que quiero refrescar,

El tiempo pasaba. El invierno llamaba a la puerta pero el ciclismo de la época no paraba. Era un ciclismo arcaico, prehistórico. Se corría con los tubulares cruzados en forma de ocho de hombro a hombro. En medio de polvo y porquería flotando en el ambiente, porque las carreteras eran sendas y los vehículos, tartanas destartaladas. Un ambiente obsceno y cargado que seguramente hubiera retratado en certeros trazos Claude Monet, el gran impresionista que falleció el día cinco de aquel frío mes de diciembre de 1926. Habría sido interesante saber cómo las pinceladas de aquel capturador de ambientes hubieran dibujado el aire febril, seco y polvoriento que rodeaba al ciclismo del momento. Plasmar el volumen del polvo como el humo de la Gare de Saint Lazare o la bruma del Parlamento. Fantasmas en medio de una nube de polvo. Porque aquel era un ciclismo espeso, rudo y pesado en el que, al margen de los tubulares, eran obligadas las gafas de lente circular enganchadas a la cuenca del ojo mediante una recia goma que estrujaba la nuca pero salvaba la córnea, siempre y cuando no hiciera viento. Un día después de la desaparición de Monet, la temporada tocaba a su fin con un campeonato de Catalunya que ponía en juego el título en un ambiente gélido. Desde los aledaños del velódromo de Rolanda, en el corazón del barrio de Sants, partió la comitiva ciclista hacia Vic en vísperas de Navidades. En la firma de Vic circulaba con ventaja un trío formado por Borràs, Arrufat y Zenón. Aprovisionados por la altruista Peña de Ausa, el trío acabó sumando a incómodos visitantes, entre otros José Pons, a la postre campeón, y Mariano.

Eso es. Monet, Claude Monet. “Impresión Roubaix”, como si habláramos de las casas del parlamento o la estación de San Lázaro en medio de humos y brumas. El pintor que no retrataba la escena, pintaba el momento, la impresión, lo hacía denso, casi tangible a los ojos y olfato. Se podía tocar. Roubaix es una de esas atmósferas que cuelgan por las paredes de la vieja estación de Orsay, al otro lado de la Concordia, por donde el Sena separa en dos riveras la vieja París.

Dicen ciclistas, periodistas, amantes, gente de ciclismo que esto es volver a las esencias, lo es. Una carrera donde influye la mecánica y el equipo, pero menos que en otras, donde se pone en valor el arrojo y en sentido táctico, que cambia y permuta a cada momento, que permite un descuido, quizá dos, o quizá ninguno, porque no responde a la lógica que se maneja el año. Eso fue Roubaix.

Y es así desde hace más de 120 años, y queremos que así siga siendo…

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