Insultos a la inteligencia a cuenta de Lance Armstrong

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Esta noche de miércoles en canal deportivo de la televisión catalana, Esport 3, retransmitió un documental de poco más de cincuenta minutos sobre el encumbramiento y derrumbe de Lance Armstrong. Poco antes, en el Telenoticias del canal catalán daban cuenta de la preocupación creciente ante las mafias de apuestas ilegales en el fútbol. Ya saben, grupos discretos y bien organizados que amañan resultados para beneficio propio. Citaron un partido entre el Nàstic de Tarragona y un equipo de nombre Constancia, que admito no conocer. Creo que ambos juegan en la segunda división B, pero no me hagan caso.

La noticia del amaño de ese partido, como la sucesión de noticias al respecto en otros enfrentamientos no pudo menos que despertarme una tímida sonrisa. Es del género estúpido pensar que las apuestas ilegales centren miras en el fútbol de tercer nivel cuando el dinero, la pasta, el cotarro se mueven en la Liga y Champions League. Por no sé qué truculento mecanismo, seguro que se puede sacar beneficio de un partido así, del Nástic me refiero, pero no puedo creerme que un clásico europeo o un grande de la liga española no depare más dinero. No me cabe en la cabeza, y eso que pequeña no la tengo.

De la misma guisa me sitúo ante el televisor cuando oigo afirmar a Travis Tygart, director de la USADA, la agencia americana antidopaje, que la de Lance Armstrong fue la trama más sofisticada y metódica de dopaje de la historia. Es que sencillamente no me lo puedo creer, porque es imposible, a no ser que finalice su frase excluyendo casos flagrantes y a la luz de taquígrafos como la NBA u otros deportes donde el consentimiento ralla por otros niveles.

Está claro que Lance Armstrong merece el mayor de nuestros desprecios, se burló de la gente que le creyó grande una, dos y hasta mil veces. El “no” que surgió de su boca cada vez que fue inquirido sobre lo que hacía en la trastienda de la competición es un sapo muy doloroso de tragar, pero dimensionar su causa con técnicas nunca vistas, cuando en el propio documental se admite que algunas bolsas de sangre se suministraban colgadas de las alcayatas de los cuatros de cualquier hotel suena ofensivo.

No obstante, y en defensa del ciclista y todo lo que movió, no sería justo atribuirle en exclusiva la frustración de millones de personas, pues mientras su truco de magia duró seguro que el ejemplo alimentó muchos casos médicamente perdidos para que salieran adelante. No creo que porque hoy me muestren que los amigos de Maná se metieran aquello o lo otro en el camerino, dejé de vibrar cuando recuerde sus conciertos. Por tanto, tristeza sí, decepción también, pero hablar de lo otro son palabras mayores. Al menos el engaño de Armstrong, mientras medios, compañeros y dirigentes afines lo sostuvieron, sirvió para algo.

De todo el documental, de todos sus testimonios cobra importancia la figura de Tyler Hamilton, un idealista –como lo describió David Millar en su libro, gracias Marc Pallarés- que aún piensa que si Armstrong hubiera admitido su culpa desde un principio habría recibido el perdón general, cuando si una cosa se aprecia en estos casos es la total y subyacente lapidación a la que todo tramposo se expone cuando quiere admitir ciertos actos. Del amor al odio en tiempo récord.

No obstante, y en honor a la verdad, es digno de elogio que desde las autoridades estadounidenses se trabajara sin descanso para desenmascarar este fraude. Las diferentes investigaciones, las manos por las que pasa el expediente y el resultado final nos confieren envidia, sana, pero envidia al fin, desde un país, España, que no pone el mismo empeño en cazar al estafador. En esto, sí, nos llevan muchos años de ventaja.

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