Janer, Otero y Antón, apellidos que saben a leyenda

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Haciendo hincapié a esta revisión histórica concerniente a los ciclistas españoles  que sobresalieron en aquellos tiempos un tanto lejanos en el Tour de Francia, que vivía sus primeras ediciones, hemos de destacar como así lo hemos hecho a los primeros paladines del pedal de nuestro suelo,  tales como el aragonés José María Javierre, el vasco Vicente Blanco y el madrileño Juan Orduña, en este orden cronológico, nos adentraremos ahora  en este comentario al ensalzar a otras tres figuras que merecen una especial atención por los logros alcanzados en la competición gala gracias a su férrea voluntad y a su insistencia cara a los objetivos perseguidos. No fueron otros que el catalán Jaume Janer, el leonés Victorino Otero, y un breve inciso al mencionar también al navarro Guillermo Antón.

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De cuando Antón, Janer y Otero decidieron participar

Señalemos que en 1920, se apuntó en la línea de salida otro español: un tal  Guillermo Antón, nacido en Tudela y de ascendencia de una familia propiamente madrileña. Era un ciclista no muy conocido. Quiso igualmente probar fortuna en el Tour, aquel sonado acontecimiento del que había oído hablar en las reuniones que mantenía con sus amigos de su peña habitual, que fueron los que realmente le animaron para que se inscribiera en el periplo ciclista. Decidió participar aunque, en contra de su voluntad no llegó a muy lejos.

Se vio pronto incapaz de seguir, aguantar siquiera, la estela de los mismos corredores. Al cabo de dos etapas, sin fuerzas para seguir dándole a los pedales, se vio obligado a abandonar la prueba. Su retirada, su cruz, se produjo en una carretera perdida en pleno territorio francés que ni el mismo recordaba. Fue un héroe efímero. Los rotativos apenas comentaron la noticia. Fue un hecho que pasó casi totalmente inadvertido a los aficionados de su época.

Posteriormente, entre los años 1920 y 1924, registramos otros dos aventureros hispanos: el catalán Jaime Janer y el leonés Victorino Otero, aunque éste se le consideró siempre cántabro de adopción por razones familiares. No hubo éxitos de alto copete, pero se desplazaron al vecino país con una escondida ilusión. Siquiera intentar conquistar alguna gesta que les valiera cara a su futuro y cara a su prestigio personal. Les bastaba que se les considerara laureados en el mundo del pedal.

Janer tomó la salida en el Tour de Francia, en las ediciones de 1920 y del año siguiente. En tanto que Otero lo hiciera en 1923. Sus participaciones fueron un fracaso en líneas generales. La falta de experiencia es una moneda que se hace pagar. Los dos abandonaron por las razones que ya comentaremos en nuestros textos más adelante. Por concretar basta afirmar que en el año 1924, lograron los dos al fin cumplir sus propósitos de poder llegar a la ansiada París, punto final y casi un sueño inalcanzable. Janer, en definitiva, se clasificaría en trigésima posición en la tabla de la clasificación general, en tanto que su compañero de fatigas, Otero, alcanzaría la cuadragésima segunda plaza. Unas realidades bien trabajadas y festejadas debidamente entre sus paisanos.

El valenciano Cardona se hizo valer

Con todo y hay que decirlo, el valenciano Salvador Cardona, que llevaba años viviendo en Francia, rompió todos los esquemas y tuvo más suerte, una suerte justa, más que aquellos otros representantes que le antecedieron. Participó en el Tour de 1928,  clasificándose al final en decimoquinta posición. Al año siguiente, con más experiencia, le fueron mejor las cosas. Se permitió el lujo, por vez primera, de vencer en una etapa: la Bayona-Luchon, de nada menos 363 kilómetros, en una jornada enteramente montañosa y dantesca por las pésimas condiciones climatológicas reinantes. En París conseguiría el cuarto lugar en la clasificación general, una actuación memorable. Todo un privilegio extraordinario que perdura en el libro de los recuerdos.

Por  Gerardo  Fuster