Juan Carlos Castaño, un presidente para olvidar

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El balance de Juan Carlos Castaño como presidente de la Real Federación Española de Ciclismo es sencillamente nefasto. Es cierto que no se puede decir que lo haya hecho peor que muchos de sus predecesores en el sillón de Ferraz. Pero también lo es que sus cuatro años al frente de la RFEC han pasado sin pena ni gloria. Y lo que es peor: lo que antes de su llegada eran problemas, ahora son ya directamente tragedias.

A pesar de tan sombrío panorama, lo cierto es que el madrileño parecía tenerlo todo para cambiar la gestión de esa complicada casa. Para empezar, Juan Carlos Castaño llegaba avalado por un gran trabajo al frente de la Federación Madrileña. Eso resulta indiscutible y no hay más que ver los tumbos que esa federación autonómica ha venido dando desde su marcha. Y, además, Castaño también tenía el aval de sus conocimientos de economía. Tampoco debe olvidarse que hizo un buen diagnóstico de los errores de Fulgencio Sánchez, su predecesor y hombre de mucha representación en actos y “saraos” y poco trabajo de despacho. Todo, por tanto, parecía encajar a la perfección para que a estas alturas -cuatro años después- estuviéramos hablando de un presidente indiscutible e indiscutido. Por tener… Castaño ha tenido hasta el beneplácito de la oposición. Todos le han dejado trabajar durante cuatro años… hasta comprobar por desgracia que él no ha estado a la altura del cargo, uno más al que las dificultades han vencido hasta aplastarlo por completo.

La situación económica de la RFEC en la actualidad, con empleados que no pueden cobrar la nómina, es un buen ejemplo del fracaso del presidente en el que precisamente iba a ser su punto fuerte: la gestión económica. Es más, Castaño llegó a la presidencia quejándose de que le habían firmado el contrato de Murcia por cuatro duros en una clara hipoteca de su mandato… y lo cierto es que con él al frente de la federación ha habido mucho gasto en marketing y muy poquito ingreso, cuando lo normal es que hubiera sido al revés.

Eso sí, los conocimientos económicos valieron para presentarse año tras año en la Asamblea con fabulosos superávits. Y, sin embargo, sus empleados ven dificultades para cobrar las nóminas y los proveedores ya hace tiempo que comprendieron que cobrar de la RFEC iba a ser más difícil que conseguir una medalla olímpica.

Y si en lo económico el proyecto ha hecho aguas, no hay mucho que añadir sobre lo deportivo. El fracaso también ha sido claro. Y de nuevo no será por falta de buen análisis previo. Castaño parecía tener los conocimientos técnicos necesarios para dirigir esa parcela. Y sin embargo se plegó a soluciones fáciles sin arreglar ninguno de los problemas heredados (como el de Jaume Mas en la pista) y esperando que los resultados llegaran por calidad natural de los deportistas. Y los resultados no han sido los que fueron en Atenas. Un ciclo olímpico, en resumen, para olvidar.

A todo ese balance hay que sumar la absoluta sensación de incomprensión que el ciclismo español ha tenido con este presidente, un hombre que entró respaldado por un fuerte grupo de apoyo al que fue dejando en la estacada con los pasos de los meses. Su silencio nunca ha sabido ser interpretado por nadie ni dentro ni fuera de la Federación Española. Pero la respuesta ha llegado en la recta final de este proceso electoral. Dice ahora Castaño que nunca dijo querer presentarse -pero son muchos los que le han oído lo contrario- y dice pero no dice que Francisco Antequera es la mejor opción para presidir la RFEC. Resulta curioso que un hombre como Castaño piense que el elegido para dirigir la RFEC deba ser una persona de un perfil tan diferente al suyo. Y resulta todavía más curioso que Antequera no le valiera en su día como seleccionador nacional de profesionales y ahora Castaño piense que sí vale para presidente de la RFEC. Pero son las cosas de Castaño. Y es que a veces se agradecería que se mantuviera hasta el final con su silencio habitual. Y más cuando es presidente de la Gestora. Pero ni en esta última semana parece dispuesto a cumplir con lo que de un verdadero presidente del ciclismo español debe esperarse. Es, sin duda alguna, el justo colofón a su mandato, cuatro años para olvidar.

Por Jorge Quintana

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