La Amstel ya no es el plan perfecto

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La Amstel Gold Race es la carrera soñada por cualquier persona que ame este deporte. A quién no le gusta una prueba “ratonera”, como me la definió hace años Samuel Sánchez. Una competición con varios miles de desnivel positivo, además en los Países Bajos, para asombro de muchos que quizá no sepan que se desarrolla en el Limburgo, el punto más meridional de este próspero país, tan al sur que se acomoda entre las colinas de las Ardenas, ese territorio en el que se inscribe ficticiamente para los amantes del ciclismo.

Además la Amstel se riega de cerveza, y no poca. Una bebida usual por estos parajes, que corretea por gaznates presos de pasión. Que se deja ver en el puño de quienes dejan voz y ahínco al paso del pelotón. Es tanta la cereza que corre por el lugar, que hasta la carrera se bautiza con nombre del mecenas y el ganador se “casca” una en el podio, en vivo y en directo.

Por todo, podríamos decir que la Amstel era el plan perfecto, a priori hasta que un día vimos que no era oro todo lo que reluce. No sabemos si es por la carencia de figuras de postín, arraigadas a la épica, o quizá a causa de la velocidad increíble que imprimen algunos de los equipos inscritos en ese engendro llamado Velon, que dice querer recuperar la épica y la emoción para las carreras, sin reparar que llevando equipazos y la carrera a mil por hora, secan cualquier brote de épica y lo dejan todo a la subida al Cauberg, un lugar mítico donde los haya, al que algunos campeones llegaron en solitario hasta que se impuso este ciclismo cicatero y ruin que busca wattios y rendimiento a costa de espectáculo y emoción.

Hoy, 19 de abril de 2015, más de lo mismo. Intentos, ciertos escarceos y todos juntos, y bien avenidos en la base del Cauberg, a donde BMC condujo con el trabajo que le caracteriza y resultado que acostumbra. Los de rojo y negro tuvieron un buen momento cuando Van Avermaet tenia cierto margen, pero se lo querían jugar todo a Philippe Gilbert, ese ciclista que saca galones cuando él manda, pero que no tiene problema en arruinar las opciones de sus compañeros, como casi hizo con Hermans en la Flecha Brabanzona.

El Cauberg por tanto una vez más resumió la Amstel. 250 kilómetros en una tachuela. Poco para una carrera que se llama grande y se significa una fiesta. Lo que son las cosas, ganó el Etixx el día que menos dio la cara, con un ciclista, Michal Kwiatkowski, bautizado para grandes cosas. Cuán le habrá de agradecer el polaco a Caruso, quien le acercó al corte que propinó Gilbert y ablandó la pólvora de Michael Matthews, incapaz de remontar al final.

Segundo, una vez más Alejandro Valverde, un ciclista bendecido con los vientos de twitter. Si sale pronto, porque sale pronto, si sale tarde, porque es un huevón. Nunca acierta, cierto, pero siempre está ahí, no obstante y a la vista de que la estrategia conservadora le sigue dando pingües resultados quizá en el riesgo esté la clave. Le quedan Flecha y Lieja para probarlo.

Imagen tomada de www.nrc.nl

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