La bicicleta, como moneda de cambio

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El otro día en una comida con el director de una revista con la historia como hilo argumental me explicó, entre vino blanco y comida procedentes de Grecia, todo muy mediterráneo, que en Italia la producción cinematográfica solía retratar personajes de pelaje diverso y singular forma de ganarse la vida. Vividores en potencia, y esencia, auténticos trileros de la vida, gente que sin ser de mal vivir, tampoco tuvo el trabajo por norma protagonizaban este serial cinematográfico que obviamente sin ser general sí que es representativo.

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En “Ladrones de bicicletas”, el libro escrito por “ultra activo” Luigi Bartolini, vemos retratada una Italia, recién surgida de ocupación nazi, con los aliados campando a sus anchas en todo el desorden que sucede una contienda. Esa Italia se resumió en su capital, en Roma, una ciudad desconcertada, comprimida por el pillaje, el manejo y una fina línea moral.

En ese ambiente hubo un objeto que voló de mano en mano: la bicicleta. Con un sistema de transporte arruinado, una ciudad sembrada de escombros y caminos infames, la mejor manera de llegar de punto a punto fue encima de una bicicleta. Aquella Roma pudo significarse como el primer experimento de ciclismo urbano, puro y duro, pues el vehículo a motor brillaba por su ausencia. Aquella Roma fue la de ciclistas yendo y viniendo, gente que rastreaba el mercado, las tiendas, cualquier cosa, en compañía de su máquina ciclable, siempre agarrada muy bien agarrada, porque el descuido era fatal.

Los ladrones de bicicletas se escudaron en una sociedad sin apenas clases, donde gremios enteros se entendieron con ellos para buscar al menos el beneficio de pasar desapercibidos. Un retrato social interesante que habla de una masa informe de gente y personas metidas en el ajo, en el mismo embrollo. Al ladrón le fastidiaba trabajar, por eso delinquía, sin embargo sus acciones activaban un mecanismo transversal: comerciantes, putas, chulos,… hasta la policía estuvo en aquellas salsas.

Pero hete aquí que un día robaron una bicicleta cuyo dueño no quiso tragar, y ahí empieza todo. Una disección moral y social de la Roma recién liberada con conductas propias de una ciudad sin ley donde la bicicleta, sí la bicicleta, entera o por piezas, era moneda de curso legal. Campo dei Fiori, Piazza Navona, Lungotevere –es decir los márgenes del río de la ciudad eterna-, Via della Scrofa,… son los escenarios para tales aventuras. Un callejeo inmundo en medio de montones de polvo, vigas deshilachas y ruinas, para perseguir a los malos. Un callejeo que Vittorio de Sica quiso retratar en el cine sin excesiva fortuna a juicio del autor.

Una obra en definitiva que ejemplifica como pocas el poder evocador de la bicicleta y como con ella se puede saber mucho de un mundo que aunque no muy lejano en el tiempo, no tuvimos ocasión de conocer.

 

LaBiciteca tiene este libro en su inventario para quien quiera leer a ritmo de pedalada por las calles romanas.

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