La bicicleta desnuda

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Llegué a todo tren, si mi ritmo se podía considerar “todo tren” en la medida más común. Sudando, tocado por el esfuerzo y un estómago semivacío, con el desayuno ya lejos. Atisbé el cartel en la entrada de Nocedo. Un runner en bicicleta. Parece fácil, pero qué diferente. Un ciclista del lugar me adelantó con tal facilidad que…

Dejé atrás una pequeña garganta que varios coches de turistas flanqueban con el objetivo de penetrar en la entraña de la roca. Apuré el bidón, bajé una pequeña rampa. “Allá vamos” me dije.

Y allí fuI, a la subida de mi niñez, al lugar donde residen algunos de mis primeros recuerdos ciclistas. Sí hace algo más de veinte años, alguno más, que conocí el lugar, clavado en el corazón de mi querida montaña leonesa, el sitio donde bebí -literalmente- mis mejores veranos de siempre, donde crecí entre ilusión y nostalgia de esos momentos que como todo en la vida, ya no volverán. Nunca volveremos a emocionarnos con la pasión de un niño, ni la inocencia de un adolescente, nunca. Por eso aquello sigue intacto, como entonces. Es la bicicleta desnuda.

Dejé la carretera secundaria y tomé la primera rampa, la que te encara a la montaña, una masa informe de roca, hierbas y matojos que te demuestra cuán pequeño eres. De pie, anestesiado por el porcentaje, puse todo el desarrollo y a sufrir. Un objetivo: no bajar al plato más pequeño. Lo logré.

La primera curva no tarda en llegar. El giro permite otear el horizonte y tomar conciencia de cuánto has subido en tan escaso trecho. Retorcido, pasó como una película ese momento en que conocí el lugar, cuando lo afronte con una “BH Happy” color cielo. De la fuerza que imprimí al manillar en la primera rampa, éste se torció. Quedó deforme para siempre. Una muesca del esfuerzo. Son esas cosas que jamás se olvidarán.

Y la carretera seguía, uniforme, con los lados bien marcados de grueso blanco y las curvas anunciadas en cada vistazo. El regusto a sal de nuestro sudor se disfraza de dulce frescor que emana de lo poco que queda en el  bidón. La carretera mira al cielo. Primer kilómetro y hemos salvado más de 100 metros de desnivel. El segundo se irá un poco más allá. El paisaje cambia, ya no hay arbustos, la montaña está pelada, se desnuda para ti, poco a poco, como en las pieles de la cebolla. Se desprovee de artificios. Es un regalo que se abre frágil, paulatinamente, poco a poco.

Segundo kilómetro, y otra rampa de quince o veinte por ciento, ni lo sé, no interesa. Serpenteo levemente para ver mi reloj. Marcamos otros ciento y pico metros de subida. Seis kilómetros por hora, andando iría más deprisa.

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Pam. La carretera se adivina casi hasta el final. Medio kilómetro y llego a la cornisa del lugar. Abajo, Valdorria, un pueblo de la cuenca del Curueño, en medio de la nada, en medio del paraíso. A mi espalda, el retorcido paisaje de carretera trepando por la loma. No es el puerto más duro, pero lo es, ni el más bonito, que también. Un sitio mágico, un sitio de esos de dos dígitos que tanto gustan ahora buscar en las carreras.

Sabéis que, aunque aquí vacío diariamente mi espíritu ciclista, de bicicleta más bien poco. Soy más de ir a pie y corriendo. Pero estos días que he vuelto a mi tierra, he querido recordar la esencia de porqué la bicicleta nos prende un día y no nos suelta, no nos deja, y la llevamos en la sangre, trenzada, aunque no la cojamos. Fue volver a la bicicleta desnuda. Por una vez, lo recordé, y estuvo bien. Prometo volver.

Imagen tomada de http://apmforo.mforos.com

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