La bicicleta eibarresa

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Estos días rueda la Vuelta al País Vasco, con la incertidumbre que su recorrido le otorga, por parajes que le son trasncendentes: Eibar y su cuenca, toda esa zona encajada en el Deba y su afluente el Ego, un lugar de transición de Vizcaya a Guipuzkoa.

Aunque muchos lo sabréis, que la Itzulia ruede por aquí tiene mucho que ver con aquellos años que Eibar dejó su producción tradicional, la armera, y se pasó a la bicicleta, como producto más obvio y evidente para salir del declive de su principal actividad.

Fue tal la importancia que adquirió la bicicleta que varias carreras surgieron a su calor y del Club Ciclista Eibarrés, que dirigió Eulogio Gárate, quien capitaneaba el club al mismo tiempo que sorteaba la gestión de la mítica GAC. Fue precisamente Gárate quien consideró que para que el tinglado industrial eibarrés alrededor de la bicicleta –no eran pocas las marcas que a ella se dedicaban desde BH a Orbea, pasando por Abelux y la propia GAC- fuera total, había que crear competiciones que le dieran prestigio y resonancia a este producto.

Y así en los años cincuenta, con la población restablecida de los trances de la Guerra Civil, Eibar creó la Bicicleta Eibarresa, una carrera que sin duda plasmaba el enorme valor que este producto tenía para la villa que para siempre se llamará armera. También se creó la subida a Arrate con las vedettes de la época jugándose la suerte en una carrera explosiva. Unos años después se dio vida al famoso Memorial Valenciaga, en honor al industrial que tanto hizo por este deporte y que cada mes de abril, el mismo día que la París-Roubaix, señala a los mejores amateurs de España.

Eran años de opulencia para el ciclismo, seguido en masa, parando poblaciones enteras. Tan importante era el impacto que en las fábricas se decretaba descanso al paso del pelotón, dándose la circunstancia de ver densos pasillos azules marcando la ruta, pues los obreros, enjutos en su buzo fabricado en Bergara, salían a ver pasar a los Viejo, Ocaña, Anquetil y Merckx. Precisamente de ahí, de ese color, surgió el maillot de la Bicicleta Eibarresa, en honor a esos obreros azules que dejaban parada la máquina para ver pasar a los ciclistas.

En la Eibar de entonces fueron míticas la pista desmontable de Ipurua, las llegadas de la Vuelta a España y los no pocos campeonatos de España de ciclocross que se dirimían por laderas generalmente embarradas y a veces abnegadas de nieve. Con el paso de los años, la Bicicleta Eibarresa fue parte de la Vuelta al País Vasco. Al tiempo se volvió a emancipar, llamándose Bicicleta Vasca y abriendo el círculo geográfico, pero siempre con Arrate como fin de fiesta. La Bicicleta Vasca dejó de existir hace unos años y de ella quedó la llegada a Arrate y la salida de Eibar como testimonio vivo, aunque dentro del recorrido de la Vuelta al País Vasco.

En Eibar, hace 175 años nació una empresa familiar, regentada por varios hermanos que fue pionera en muchas cosas. Entraron en el negocio de las armas como marcaba la tradición, primero grandes, luego se sofisticaron, incluso llegaron a tener sus saltos de agua para generar energía eléctrica. Con el cambio de paradigma, se fueron a la bicicleta y fueron sociedad anónima hasta que su gerente Esteban se declaró incapaz de seguir adelante. Los trabajadores cogieron las riendas hace unos 45 años y desde entonces siguen haciendo bicicletas tras superar mil vericuetos. Hoy compiten desde Mallabia, cerca de Eibar, porque en ella era imposible permanecer por no haber más espacio para crecer. Esta empresa es Orbea y se bate en un mundo de gigantes con la innovación y los valores que marcaron sus orígenes, que dibujaron la bicicleta eibarresa.

Imagen tomada de www.rtve.es

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