La bicicleta y la economía

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De forma esporádica, como un goteo que no cesa, la bicicleta ocupa espacios cada vez más importantes en la prensa económica. No nos engañemos, la máquina que según muchos marcó el hito más interesante de la inventiva humana hace más de un siglo sigue estando muy lejos de grandes lobbies, como el automóvil, pero sin embargo va poco a poco teniendo cuota y ganando terreno, y eso siempre es interesante.

Hay dos tipos de noticias económicas que pueden generar la bicicleta y su industria. La meramente crematística que habla de cifras, ratios, producción y facturaciones. Ese apartado lo tratamos hace unos meses aquí, tras pasear por Unibike, traduciendo la incidencia de la bicicleta en 16.000 empleos, una producción en España que llega al 3% del total de la Unión Europea y la creación de pequeños negocios directos, como ropa, accesorios, complementos y talleres, y transversales, como cafés o restauración customizada de bicicletas.

Incluso a veces se da la circunstancia de que empresas españolas que fabrican bicicletas se toman como referencias para prever el futuro inmediato. La recentralización de Orbea y su producción en su sede de Vizcaya, dejando la factoría china ha sido interpretada por muchos como un primer capítulo de lo que se llama la reindustralizacion de España, un sueño que vuelve a la palestra ahora que nos damos cuenta que no hay trabajo para todos y que los estándares de calidad se controlan mejor in situ y no a miles de kilómetros. Algo curioso, este hecho, pues en reuniones de las patronales vacas ya se ha insinuado que traer aquí lo que hace dos años se producía masivamnete en China es altamente recomendable.

Pero al margen del precedente de Orbea, de los números, del empleo y esas cosas, hay una segunda senda para sacar la bicicleta en las páginas de economía de los diarios, y esa habla de salud y los costes que su preservación implican. En este artículo de Cinco Días habla Jaime Novo, socio de La Sonrisa Eléctrica, ente que promueve la movilidad urbana en bici eléctrica –de ella  nos habló hace una semana Gabriel Pernau– ayuda a entender porqué la bicicleta se impone poco a poco como medio eficaz y útil en las ciudades.

Por ejemplo en Madrid, donde los niveles de contaminación son noticia casi semanal, la imposición de restricciones al tráfico rodado se solventan en parte con la bicicleta, que además gana terreno en el transporte público, pero es que además su uso implica otros beneficios como la mejor salud de quienes van al trabajo en bici, lo que significa, ojo, un 25% menos de absentismo laboral, una de las lacras más arraigadas a muchas cuentas de resultados.

Al margen de lo que pudiera hacer el gobierno en material fiscal, el artículo echa de menos mayor cultura empresarial a favor de la bicicleta entre sus empleados. En el Reino Unido ir en bici está incentivado económicamente, y también en Francia.

Es curioso, como cita el artículo, que una empresa española como el Banco Santander, que además patrocina la bici pública en Londres, motive a sus trabajadores en UK a ir en bici como no lo hace en España. Son esas cosas que sitúan cuán lejos está nuestro país de las grandes referencias en el modelo de transporte sostenible y cuánto queda por hacer.

Imagen tomada de comercorreryotrascosas.blogspot.com

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