La cima que vio el drama cátaro

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Unas cubas gigantescas en acero inoxidable, en pie y alargadas, resplandecían bajo un sol radiante. Un efecto sorprendente. Esta fue mi primera visión de este bello rincón del departamento francés del Aude, ubicado en los Pirineos Orientales, en la región del Languedoc-Roussillon.

Había partido desde Estagel enfilando el manillar de mi bicicleta dirección Paziols, pedaleando por una deliciosa carretera en plena Ruta de los Cátaros, saboreando y no devorando los kilómetros, entre cientos de hectáreas de viñedos y castillos en ruinas salpicados en el espléndido paisaje, enclavados en lo alto de rocas, viendo pasar los siglos y mudos testigos de un pasado esplendoroso.

Hace casi mil años estas tierras estaban bajo el dominio de un pueblo cristiano pero no católico, pacífico y no guerrero, y que sufrió en la Edad Media la más sangrienta cruzada por su expansión y sus cada vez más fieles devotos seguidores, algo que empezó a ver con preocupación el Papa Inocencio III. Fueron perseguidos, sacrificados, quemados y extinguidos de la faz de la Tierra hace unos 700 años. Creyentes del Bien y el Mal, los cátaros vivían en estos castillos “tocando el cielo con las manos y con los pies separados del suelo”, como el que estaba contemplando desde esta loma: el castillo cátaro de Aguilar, dominando la llanura de Tuchan a unos 400 msnm, población a la que hora me dirigía sobre mi montura a la conquista del trono del diablo: el Mont Tauch.

A estas alturas del pueblo de Paziols, a pocos kilómetros de Tuchan, distingo arriba y a lo lejos el macizo de Hautes Corbières, del que el Tauch, inquietante, es el punto más elevado con sus 917 metros de altura. Como su nombre indica (Tau, “cabeza”) el Mont Tauch no es un pico, es el buque insignia de una alargada montaña de unos 50 por 20 kilómetros de ancho y, mientras pedaleo dulcemente entre colinas ondulantes, se me aparece imponente como la proa de un barco, surcando las olas representadas por las montañas de menor altura que la rodean.

Sigo pedaleando entre un mar de viñas. No en vano estoy inmerso en tierra de vinos, una vasta extensión de 1700 hectáreas donde se produce el rico caldo de esta región: el Fitou, un vino tinto que obtuvo la DOC en 1948, fundado precisamente en Tuchan en el año 1913, fruto de la unión de cientos de viñadores que entendieron que lo mejor era formar cooperativa, huyendo del individualismo. Así, bajo el lema de que la unión hace la fuerza, los pueblos del Haut Fitou (Tuchan, Paziols, Villeneuve y Cascatel) y del Fitou Maritime (La Palme, Caves, Treilles y Leucate) crearon la cooperativa Mont Tauch, de talla XXXL, uniendo una tierra que arranca desde el mismo nivel del mar para remontar este macizo montañoso originado en el Terciario cuando hace 65 millones de años la placa Ibérica se plegó sobre el continente europeo.

“L’Enfer du Mont Tauch”

Siguiendo esta mágica carretera, rodeado de un silencio sorprendente, llego por fin a Tuchan, algo increíble pensando que allí abajo, bajo tierra, existe toda una compleja maquinaria trabajando para producir este rico vino rojo. Aunque parezca mentira este pueblo parece vivir ajeno a esta efervescencia, ya que Tuchan aún parece algo perdido en la Edad Media, con sus callejuelas, puentes y edificios antiguos, aunque si de algo están orgullosos sus vecinos es de su equipo de Rugby, nada menos que cinco veces campeón de Francia (la última vez en 1999).

Paro a rellenar bidones en una vieja bomba ubicada en una hermosa plaza arbolada, donde los más mayores aún se sientan en sus bancos buscando el fresco del atardecer mientras charlan y ven pasar el tiempo. No tardo en entablar conversación con ellos. La ventaja del ciclista viajero es que te hace conectar rápido con las gentes del lugar, te hace próximo y cercano ya que de por sí la bicicleta tiene una estética que alimenta y enseguida se fijan en ella. Como siempre pasa en muchas ocasiones, el tiempo es una buena excusa para iniciar una animada charla y me dicen que hoy tendré suerte si quiero ascender el Tauch en buenas condiciones ya que no sopla el viento: la famosa Tramontane, que según me cuentan ruge uno de cada cuatro días, aunque esto hace que también toda esta zona sea muy luminosa y soleada.

Aprovecho para preguntarles si voy en la dirección correcta y me responden que sí, que gire a la izquierda hacia la Cooperativa y que a su altura encontraré el cartel indicador hacia el Mont Tauch, al pie del inicio de la ascensión a 175 m de altura. Les agradezco el “tiempo” que me han dedicado y enseguida me adentro en el vientre de la montaña por un pequeño camino asfaltado en muy mal estado, lleno de baches, hoyos y mucha gravilla suelta.

Los viñedos van dejando paso a matorrales y robles y ya voy barruntando lo que se me viene encima: tremendas cuestas al 15 y 16% que hacen que meta todo lo que llevo: un 34×30, mientras voy superando estos cuatro primeros kilómetros que no dejan de ser una sucesión de montañas rusas. La carretera es muy estrecha, no más de 3,5 m de ancho, y si se cruzan dos coches no caben. Menos mal que el tráfico es inexistente, a no ser que te encuentres con la furgoneta de mantenimiento de las turbinas eólicas que hay instaladas en su cima desde el año 2000 para aprovechar toda la energía del viento y de la que Tuchan se beneficia financieramente sobre la cantidad de electricidad producida.

Llego al cruce de la Capilla, la Chapelle de Nôtre Dame de Faste, un santuario, un lugar de culto y milagros, erigido aquí al pie del Mont Tauch por deseo expreso de unos marineros que, según cuenta una leyenda, durante una gran tormenta, perdidos y en peligro, pudieron salvarse por la aparición de una Luz. Es precisamente en este desvío cuando realmente empieza la parte más dura de la subida: una rampa a la izquierda con el cartel del nombre del monte y que alcanzará el 20% sale disparada hacia el cielo y me llevará en 4 km, a un 11% de media, a la cima del Mont Tauch, salvando en los 8 km de ascensión un desnivel de 729 m con una pendiente del 9% en total.

Todo este tramo es bastante penoso y el asfalto sigue estando botoso y lleno de piedras, y me da la sensación de estar ascendiendo con plato grande, pues la dureza ya no dará ninguna tregua con una serie de concatenación de rampas y curvas de 180 grados que no bajan del 15% de desnivel, hasta que topemos con la valla metálica que impide el acceso a la torre de comunicaciones. Hasta aquí llega la carretera y lo que podríamos denominar asfalto, y no me quiero ni imaginar como debe ser afrontar esta cuesta con el viento del Norte en contra.

No me extraña que a este monte lo bautizaran hace 12 años como el infierno los miembros del Vélo Sprint Narbonnais, cuando lo dieron a conocer a los pocos cicloturistas de los alrededores que se atrevían a desafiar sus terroríficas pendientes, organizando desde el año 2002 al 2010, durante el mes de julio, una marcha ciclodeportiva muy difícil, con un circuito exigente que podría rondar entre los 100 y los 150 km “descubriendo nuevos paisajes y nuevas dificultades para, de postre, ascender el Mont Tauch y explorar tus límites y sentir, una vez atraviesas la línea de meta, esa sensación indescriptible que sólo los iniciados pueden comprender”. La organización recomendaba un 32 x 28. Quedáis avisados.

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo

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