La clase

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A veces nos pasa que confundimos clase con categoría y motor. Aunque son conceptos que no siempre tienen que ver, no cabe duda de que aunarlos es un privilegio al alcance de unos pocos, de menos de los que nos podemos suponer. Tener clase es un don, lo considero algo que va en el gen, desde la tierna infancia, como una seña con la que caminas y convives el resto de tu vida. El motor nace, pero también se hace.

En más de veinte años que llevo siguiendo este bellísimo deporte, sólo tres ciclistas me han dejado huela indeleble en la angustiosa lucha contra el reloj. En este tiempo hemos tenido grandes en el manejo de las manecillas, bestias pardas como Jan Ullrich, Fabian Cancellara o Tony Martin, ciclistas que se ponían tan al limite que su pedalear, aunque poderoso, era más una maza golpeando un pedal que un hombre acoplado armoniosamente a su máquina.

Sólo tres ciclistas, como digo, me dieron esa sensación de unidad, son tres corredores que beben de las fuentes mismas de Jacques Anquetil, el hombre refinado de a campiña normanda que hacía del ciclismo un arte tan plástico, tan marcadamente bello que trascendió a los tiempos.

Hace 25 años irrumpió Miguel Indurain en la historia del Tour. Ganó más de diez cronos, más otras que fue añadiendo por ahí. Su rodar era elegante y poderoso, aunaba clase y resultado, “jogo bonito”, el Brasil de los setenta que no ganaba, seducía, pasaba a otro estado, dando tanta importancia al resultado como al modo de lograrlo.

Indurain era el acople a la máquina, el tronco recto, tieso como una vara, los brazos angulados, sólo se movían las piernas en un ejercicio de eso que se llama “core” que debe dejar molidos los riñones. Nuestro siguiente modelo sobre la bici es si cabe más estilizado, se alarga más, pero gana igual, es Bradley Wiggins, quien en unas semanas pondrá la guinda en Río a una trayectoria en la que no sólo ha torcido su historia, si no que también la de su país en el ciclismo. Con Wiggo no empezó todo pero casi.

Su crono en Londres 2012 es una muesca, pero donde conviene verlo y disfrutarlo es en el velódromo olímpico batiendo el récord de la hora. No se mueve, no pestañea, no marca esfuerzo durante 60 minutos en un infernal ejercicio de dar vueltas y vueltas a aluna elipse peraltada.

Y por último el presente y creo que futuro inmediato de la especialidad, Tom Dumolin. Decían que Miguel Angel, cuando iba a las canteras miraba el pedrusco y con el pegamiento veía la figura en la entraña de la piedra. Si le dijeran hoy mismo, cincelar un ciclista, vería a Dumolin en Burgos el año pasado. El risueño holandés además de recuperar registros olvidados en un país que enloquece con las bicicletas es la efectividad llevada al paroxismo. Una suerte de perfección llevada sobre una máquina que hace las veces de piernas y vehículo a motor.

No han sido pocos los que comparan a Dumolin con Indurain, el tiempo verá, el problema es que como el navarro sólo estuvo él, sin embargo, el del Giant va marcando terreno y ahora mismo muchos ya marcan su nombre en el oro olímpico, lo mismo que hicieron Indurain y Wiggins.

Imagen tomada del FB del Giant-Alpecin

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