“La clase” por Gianni Bugno

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Una de las cosas buenas que me atraen de Facebook son esos grupos nostálgicos que meten fotos por todo el morro en tu pantalla que te generan recuerdos y sensaciones. El otro día, colgaron esta de Gianni Bugno, vestido de campeón del mundo, con los colores del Gatorade. Fue una foto tomada desde arriba, en cenital, una posición poco prodigada en el pelotón, pero suficiente para saber que estamos en el verano del 92, Juegos Olímpicos, crono de Lumxemburgo, la histórica travesía de Sestriere.

Ese día, recuerdo, era un sábado, de esos que empiezas a ver la etapa del Tour a las doce del mediodía y a las cinco de la tarde sigues pegado, solapado, por la emoción, a la pantalla. Fue una jornada larga, tremenda, recuerdo que los ciclistas caían a plomo cuando atravesaban la meta de la cima piamontesa.

Cinco puertos por el camino, Claudio Chiapucci atacando desde lejísimos, y Gianni Bugno tensando en el Mont Cenis. Aquello fue ciclismo de enjundia. Indurain le tomó la rueda y luego en Sestriete, pom… Bugno se queda, sin pestañear, sin ruido, suave y finamente. El campeón del mundo se quedó por el camino y un pedacito de nuestro corazón, de nuestro buen gusto, se murió.

Porque Bugno, en eso hay consenso, fue posiblemente un ciclista frágil, de esos que tuvieron la mala suerte de competir contra monstruos que marcan épocas. Sin embargo, la trascendencia del varesino fue más allá. Fue derrotado varias veces por Indurain, quizá la más dolorosa fue esa vez en Sestriere, pero su figura, su perfil trascienden al tiempo y el palmarés. Cuando hablamos de categoría sobre la bicicleta, casi nadie le omite. Ser eterno en sus circunstancias quiere decir algo…

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