La delgada línea de la solitud

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Los ciclistas son jóvenes, guapos, ricos y famosos (y más durante el Tour). No todos, ni mucho menos, pero la mayoría tienen, como mínimo, dos de estas etiquetas colgadas en la imperdible del dorsal. Y esto, en el Tour, se arrastra durante 25 días. Es su bolsa de agua invisible. Entender cómo ésta se vacía significa comprender el ciclista, es tomar perspectiva, es entrar dentro de una burbuja de platos y coronas, es sufrir cada golpe de pedal. Digo todo esto porqué el espectador ve el ciclista como un ángel o como un demonio, no hay término medio. Se pasa de la adulación al mito que aguanta el dolor, el esfuerzo y el sufrimiento al odio por el que es sospechoso, el que hace trampas, el que se dopa. Y de un extremo al otro hay una infinidad de particularidades, tantas como eslabones tiene la cadena.

Hace unos días visité unos amigos al Tour y, allí, desde dentro, lejos de la sala de prensa pero también lejos de las cunetas, conocí la delgada línea de la solitud. Un ciclista hundido, triste, encerrado herméticamente de dentro hacia afuera, literalmente apagado, sin hambre… No se había caído, no había perdido, no había fallado en la táctica. Mucho peor que todo esto. Sufre el mal de amor. Es muy joven y vive muy lejos de Francia y allá, en su casa, ha dejado novia, amigos, familia y entorno. Y esto, cuando te quedas bajo mínimos porque expones tu cuerpo al límite cada día, cuando compartes habitación con “teammates” que quizá algún día llegarán a ser tus amigos, cuando no te reconoces en el espejo, te hunde. Tienes que ser muy fuerte mentalmente y madurar a un ritmo antinatural para levantarte después de cada caída. No te mata el dolor ni el esfuerzo. Te vence la añoranza.

Este ciclista joven, guapo y famoso –desconozco si rico-, se retiró del Tour de Francia la mañana siguiente cuando muy probablemente estaba cumpliendo un sueño desde que las pedaladas son pedaladas, las pastillas frenan la rueda y los piñones marcan tu ritmo. Es hasta razonable creer que volverá al Tour y derrotará sus propios fantasmas pero por ahora no deja de ser un chico muy joven que hace demasiado que vive lejos de su pareja, de sus amigos y de su modus vivendi. Para vencer el Tour, el espectador tiene que saber que antes que el ciclista, hay un escaparate con las cortinas corridas. Justo allí, a medio camino entre el ángel y el demonio.

 

Por Isaac Vilalta, periodista de Catalunya Ràdio

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