La depresión de las Ardenas

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Os voy a confesar una cosa, de siempre, desde que tengo conciencia “ciclista” la clásica que más me ha gustado ha sido la Lieja-Bastgone-Lieja. Me pareció una carrera fascinante desde las primeras ediciones que pude seguir, de la primera que guardo recuerdos fue de aquella en la que Miguel Indurain fue cuarto, en una escapada en la que se impuso un doctor en la prueba, Moreno Argentin.

Me prendó entonces, y me siguió apasionando en los años venideros, los años que Tony Rominger no pudo ni con Rolf Sorensen -uno de los que dobló Flandes y Lieja- ni con Eugeny Berzin, vaya como iban entonces los Gewiss, las ediciones de Mauro Gianetti, otro que tal, pero que ahogó las esperanzas de Laurent Jalabert en su asignatura pendiente. Luego vino Michele Bartoli, qué espectáculo, agarrando el manillar por abajo, torso recostado y mentón cercano a la barra del manillar. La edición de VDB, en la que iba, sin duda, con dos o tres marchas que los demás.

Lieja era sin duda el paraíso de la temporada ciclista, Flandes y sobretodo Roubaix me parecían sobrevaloradas, pero si Lieja era la “Doyenne”, la más vieja, me autoconvencía.

Pero esta percepción, que como todas las de la infancia pesan, está cambiando de un tiempo a esta parte. Desde hace unos años cuando acaba la campaña dura del adoquín nos viene el bajón. No, tened por seguro que no me he contagiado de ínfulas flamencas, ni mucho menos, aunque esa tierra me enamore, casi tanto como la Toscana, no es el caso. Es que realmente el espectáculo de la primavera, a falta de ver lo que pase en Amstel-Flecha-Lieja, acostumbra a estar en la parte de adoquines, eso en términos lingüísticos es flamenco, y no francófono, y en cuestiones geográficas en Flandes y no en Valonia.

El domingo la Amstel pondrá en solfa el tríptico, con un recorrido trufado de pequeñas cotas por Limburgo neerlandés que no acostumbran a tener la última palabra del Cauberg, cuya cima, más alejada de meta, ofrece estas veces algo más de emoción. La Flecha es una borrachera de ciclismo moderno, resuelta en un muro final de Huy. Si no me equivoco nadie tiene bemoles a romperla de lejos desde tiempos de Bartoli, ya ha llovido.

Y Lieja es el cénit de la preocupación de quienes creen que el ciclismo en las Ardenas ha perdido toda su emoción. Es una carrera preciosa, por un lugar mítico en todos los sentidos que se ha convertido en un ajedrez de peones a la espera de que los primeros espadas busquen la suerte en Ans.

La composición de los equipos, fuertes y compactos, y el perfil de los principales favoritos, Gilbert, Purito y como no Valverde, hacen temer que nadie se mueva hasta el final y eso cuando lo comparas con una Roubaix reventada a 110 kilómetros de meta o un Flandes en el que Sagan destapa el tarro a 35, sabe a poco, a muy poco. Esperemos equivocarnos, pero creo que estamos en antesala de ediciones muy similares a las anteriores.

Imagen tomada del FB de la Liege-Bastogne-Liege

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