La desconocida historia de los “ciclistas tenebrosos”

1
404
vistas

Siempre encerrados en los primeros años del Tour era un tanto habitual el de que los concurrentes, siguiendo los reglamentos de la prueba, fueran divididos o clasificados dentro de dos grandes grupos. Los que eran considerados de categoría preferente, encuadrados en equipos de cierta solvencia y arraigo deportivo, que representaban una importante marca comercial de bicicletas, o bien ostentaban sobre sus camisetas los colores de la nación de procedencia de tal o cual ciclista.

Por otra parte, había un resto, un segundo grupo, integrado por corredores considerados de pocos vuelos que concurrían individualmente sin pertenecer a ninguna escuadra específica. Iban en una palabra por libre, sin la ayuda de algún patrocinador concreto. Este conglomerado de ciclistas más bien desconocidos se inscribían en el Tour sin pretensiones de ninguna clase y simplemente con el propósito de cumplir el objetivo de correr y terminar el Tour, toda una hazaña, toda una aventura, compensada por su férreo amor propio.

Concurrían en la ronda gala sin los mecánicos de asistencia ni los consabidos masajistas. Por su cuenta y riesgo asumían toda la responsabilidad con el caro deseo de realizar una gesta ciclista, aunque supusiera encerrarse en un mundo que requería de antemano muchos sacrificios, incluyendo su soledad.

El Tour, imaginaban con ilusión, les pondría quizá colocarles en una a buena senda, en un camino que les brindara más posibilidades, y quizá con una proyección futura gracias a posiblemente a su capacidad física y a su resistencia demostrada en la ronda gala. Se les llamaba comúnmente “turistas-routiers”, o bien se les denominaba los “los ciclistas tenebrosos”, considerados como personas valientes, amantes de la aventura y con escasos recursos económicos, que no formaban parte de los equipos catalogados como ricos, con un dinero substancial y con un sustento asegurado.

Se les calificaba “los tenebrosos”, porque solían habitualmente acabar las etapas casi siempre en plena noche, con acusada nocturnidad y con el agravante de que no se les cerrara el control por parte de los árbitros de la prueba, unos actores muy temidos que aplicaban el reglamento de manera muy estricta, muy a rajatabla.

2

Esta fórmula perduró hasta el año 1934. Era un sistema un tanto discutible que beneficiaba a los corredores más conocidos y apoyados por una casa comercial en detrimento de los otros, encuadrados en una segunda fila ciclista, que iban sin apenas brillo en sus nombres. Su heroicidad, sin embargo, se duplicaba a los ojos de los aficionados. Se les apelaba también como “los héroes del silencio”.

Ateniéndonos a lo dicho, queremos rendir un homenaje a favor de estos atletas del pedal anónimos –incluso españoles fueron varios de ellos-, que decidieron cruzar las fronteras en pos de superar un reto más que difícil. Hemos querido mostrar esta otra faceta un tanto ignorada por parte de unos modestos ciclistas, sin embargo, que nunca fueron despreciados por los mismos aficionados, que sentían cierta simpatía por seguir de cerca la actuación de estos ciclistas más bien anónimos que se alineaban por puro romanticismo deportivo e incluso en su mayoría sin ni siquiera a aspirar ciertas pretensiones de éxito.

Como colofón final a este comentario de tono más o menos anecdótico hemos de confesar que aquellos ciclistas que actuaron de forma individual y sin apenas medios económicos de apoyo en el transcurso de las primeras ediciones del Tour, lograron cosechar, nos referimos a los que terminaron el periplo rutero, un mérito que calificamos de extraordinario. Además, hubo dos factores que revalorizaron sus actuaciones.

El primero constituyó el kilometraje de las diversas etapas. El promedio, por lo general, oscilaba alrededor de los 340 kilómetros por día, una cifra que nos ha llamado siempre poderosamente a la atención. La segunda razón giraba en torno a los elevados promedios registrados por los primeros clasificados por jornada. Pedaleaban aproximadamente a una media de 26 kilómetros a la hora.

Son datos que pesaban a la hora de catalogar a aquellos hombres intrépidos, sumergidos bajo un aire de neto carácter aventurero. Aquellos arrojados corredores debían soportar como mínimo catorce largas horas montados sobre un frágil sillín de bicicleta, sufriendo mil incomodidades, tales como condiciones climatológicas adversas, averías mecánicas, caídas, pinchazos y mil inconvenientes que les deparaba la carretera.

Hay que descubrirse con admiración ante estos esforzados de las dos ruedas que dieron sus pinceladas en este pasado; la mayoría de ellos escondidos en el anonimato. Fueron unos simples héroes deportivos que lucharon con no poco esfuerzo y sin eco publicitario.

¡Rindamos con este presente escrito un justo homenaje por su dedicación a favor del ciclismo!

Por Gerardo Fuster

1 COMENTARIO

  1. Ameno artículo del Sr. Fuster sobre la historia de los desconocidos del pedal, aquellos héroes que por su cuenta y rasgo, se juntaban a la serpiente multicolor del Tour, sin más apoyo que el de su soledad en ruta, sin más honor que el de su amor propio.

Deja un comentario