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La distancia de Jan Ullrich

Ciclismo antiguo

La distancia de Jan Ullrich

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Hace veinte años un niño mofletón y poderoso era el mejor ciclista del mundo. Era de Rostock, más allá del telón de acero. Había sido clave en el derrumbe de la fortaleza de Miguel Indurain, ayudando a Bjarne Riis a perpetrar su éxito , y estaba en capilla de tomar los galones él mismo en persona en el Tour.

Diez años después, la realidad se había mascullado de forma muy diferente a como Ullrich y los aficionados imaginaron. Sacado a empujones del ciclismo por la explosión de la Operación Puerto, emprendió una carrera a ninguna parte, para acabar reconociendo que había sido cliente de Eufemiano Fuentes, ese galeno que un día todos presumieron de conocer con la misma rapidez que negaron cualquier vínculo el día que las cosas se pusieron feas.

Recluido en la soledad del lago de Konstanza, un sitio donde por cierto no se debe vivir nada mal, Ullrich buscó en el silencio su mejor cortina de ruido para aislarse de un medio hostil. Tuvo a periodistas, a varios además, pendientes de él, de destriparle ante la opinión pública, de pisotear tanto su imagen, la del primer y único alemán en ganar el Tour, que sumieron al ciclismo en ese país en la peor pesadilla jamás soñada.

Sin equipos, sin carreras, sin casi estrellas, el circo de las dos ruedas penaba una condena quizás excesiva pero en todo caso con cara y ojos, la de Jan Ullrich. Un día Andreas Kloden, ante tanto desfalco contra el que fuera su compañero, le dijo a un aficionado: “¿Te gustaría que Jan acabara como Jiménez o Pantani? ¿te haría feliz?”.

“No tomé nada que no tomaran los otros” dice Ullrich en una entrevista en Cyclingnews, puesto que ha estado estos días por Londres. Lo cierto es que mientras algunos siguen vinculados al ciclismo, como Danilo Di Luca, y otros han tomado la opción de ser protagonistas en titulares y cotilleos, Armstrong o Rasmunssen, Ullrich eligió un perfil bajo, y con la misma elegancia que se fue, aparece ahora para hablar en boca de un cicloturista regordete, con cuatro hijos y disfrutando del buen tiempo mallorquín que su tierra le niega.

Lo cierto es que la pieza con Ullrich en Cyclingnews es una gozada porque describe el ciclista que impactó por su estilo perfecto y apolíneo sobre la bici tanto como por su discreción. No escurre temas, pues él más que nadie puede dar cuenta de las catacumbas de este deporte, catacumbas que no esconde y que no se atreve a cuestionar en la actualidad: “Miro a Froome como cualquier otro aficionado al ciclismo, disfrutando de él, sin hacerme preguntas”. Eso es, “sin hacerse preguntas”, porque al final como todo en la vida si lo cuestionas o dejarías de verlo o te volverías loco.

Vestido en su prudencia intrínseca, resume que Armstrong quizá haya errado en volverse solo contra el mundo, que apuntó alto y en ese nivel los errores se pagan caros, como hemos apreciado. De aquello que dijo de llevarse él los Tours quitados a Armstrong yo al menos nunca he vuelto a oír nada.

A mí Ullrich fue de los ciclistas que más me ha impresionado en estos últimos veinte años largos de ciclismo, perfecto sobre la máquina, destacó desde joven pero su clase rebasaba la mentalidad. Pudo haber ganado mucho más, pero la vida le puso dos tipos de rivales, los que le ganaron sobre el asfalto, Armstrong y Pantani, y las vicisitudes que han rodeado el ciclismo moderno de redadas, escándalos y operaciones policiales. Todo ello apagó uno de los talentos más brutales que ha tenido este deporte. Diez años después de su retirada, hablar de él es hablar de ciclismo, aunque a muchos les pueda hacer bola este nombre.

Imagen tomada de Parlamento Ciclista

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