La España que vio nacer la Vuelta

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Eibar es lugar de paso y morada para quedarse. Limítrofe, zaguán de Guipúzcoa, umbral de Vizcaya. Un curioso urbanismo que responde a la fisonomía del lugar. Casas que trepan por la montaña, que ganan terreno al denso bosque que empuja a la civilización hacia abajo. Un lugar circular, que lucha, en continua reinvención. Un día Miguel de Unamuno divulgó aquello de “bocho” para hablar del valle en el que se asienta Bilbao. Eibar es acreedor de este término, muy válido para un lugar al que llamaron “ciudad-taller”.

La tradición industrial de Eibar viene del siglo XV. Su especialidad histórica fueron las armas. Se la conocía como ciudad armera. El desarrollo de una especie de colmena obrera le dio carácter de bastión para el progresismo y las libertades del proletariado. En tiempo de contienda carlista nunca dio espaldarazo a las servidumbres conservadoras, a diferencia de lo que se estilaba en sus alrededores.

Fue una isla ideológica que, por avatares que luego explicaremos, resultó pieza de bóveda en la primera edición de la Vuelta a España. Nos situamos en el año 1935: la España de la Segunda República. Frágil consenso. Resonaban tambores de conflicto entre hermanos, pero antes el país buscaba su identidad y una vuelta ciclista, siendo el ciclismo deporte  de moda, era una fórmula idónea. No era raro ver lugares que en busca de su identidad copiaban la idea original, la que 33 años antes habían materializado los franceses con el Tour. Italia les imitó con el Giro, como Flandes lo hizo con Roubaix. España tuvo sus vueltas locales, focalizadas en el terreno, desconectadas entre ellas. Algunas fueron históricas, como la Volta a Tarragona, la primera de las primeras, pues se celebró en 1908, que abrió el camino a la posterior Volta a Catalunya. Luego vinieron Asturias, Cantabria, Euskadi, Andalucía… El ciclismo, la bicicleta, el invento del cambio de siglo, colonizaba desigualmente el territorio.

Sin embargo esta era grande, era una vuelta a todo el contorno de la península. Una obra magna, y por tanto con enormes riesgos, más en tiempos donde las cosas iban al revés de lo que dicta la lógica. No había pasado un año de la represión en Asturias, liderada por el general Franco, ni del órdago de Lluís Companys, proclamando un estado catalán en el marco de una federación de repúblicas de España. Un gobierno de derechas plasmaba un sistema ideado por la izquierda. Todo muy complicado. Aquella Vuelta fue una especie de milagro, un raro equilibrio que el ejecutivo conservador quería aprovechar para sus fines, que no eran otros que establecer una normalidad imposible, pues los dos bandos sencillamente estaban enconados. Se tenían ganas. Como una vez se dijo, “sencillamente no nos aguantábamos los unos a los otros”.

Entre las carreras del momento se disputaba el Gran Premio de la República, una prueba de bandera que duró lo que duró el ciclo político uniendo Eibar, otra vez Eibar, con Madrid en trayecto de ida y vuelta dividido en cuatro etapas. Aquella carrera fue lo más similar a la Vuelta a España que estaba a punto de nacer. A Cañardo, Mariano Cañardo, el navarro de nacimiento y catalán de adopción, el primer campeón, nunca se le dio bien, pues en los cuatro años de vida de la carrera solo ganó una etapa, la primera de la última edición, y poco más.

Texto de libro “El primer campeón, el mundo que vio Mariano Cañardo

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