La excelencia, según Bradley Wiggins

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Leo en el epílogo de la Copa del Mundo en Manchester, mientras Sebas Mora y Albert Torres apuran sus opciones en el madison de Manchester, que Bradley Wiggins ha colgado una foto en su Instagram, una foto en la que se le ve cambiado, a su altura, le ha añadido corpulencia, mucha, volumen y formas para optar a estar en otros Juegos Olímpicos, que serían los sextos, desde Sídney pasando por Atenas, Pequín, Londres y Río. Quiere competir por estar en el equipo británico de remo.

Leo esto y recuerdo el pasaje del libro de Bradley Wiggins en el mundial de Manchester de pista, año 2008. Un tío con cierto currículo, ya era campeón olímpico, lo había sido en Atenas, que se puso el listón altísimo, optando a americana y ambas persecuciones.

Los días previos de la cita el londinense nacido en Gante era un mal de dudas y una piltrafa invadida por los nervios. Hasta el psicólogo de la inglesa tuvo que tercia: “Si corres bien, si entrenas bien, si te salen los datos y cumples los tiempos, saldrá como ha de salir, bien”.

Tan sencillo como eso. Al final del programa Wiggins salía con tres medallas de oro colgadas del cuello, la última apoteósica, con Mark Cavendish en la americana. Al poco tiempo la pareja no reverdecería laureles en Pequín, en el tartán olímpico, algo que melló en el dúo, aunque Wiggo hubiera sido campeón en las dos persecuciones.

Con el tiempo Wiggins sería ganador del Tour, el primer inglés en lograrlo, en una experiencia tan tremenda que nunca más quiso optar a tal honor. Sencillamente su cupo de sacrificios se había cubierto. Imaginaros, lo que debe soportar Froome.

Sin embargo hizo un “back to basics”, se recogió en la pista, marcó un registro difícilmente batible en la hora y se centró en los Juegos.

Siempre recordaré esa final de persecución por equipos en Londres, en el anillo olímpico, cuando nada más bajar de la bicicleta en la final, derrotado por el equipo australiano, en su casa, en su anillo, clamó venganza para Río. Fue la carrera del siglo, y UK no sólo ganó, marcó un nuevo récord del mundo, por dos veces, si no me equivoco, en la clasificatoria y final.

Ahora ese Wiggo esquelético, auténticamente famélico, de largos y afilados gemelos, palillitos de carne y hueso que en su tránsito hacia el remo, ha ensanchado por todos los lados. Ese ciclista ahora quiere ser integrante del equipo de remo, en el enésimo requiebro del destino del personaje más singular que ha parido el ciclismo en mucho tiempo.

Es esa sed de competir, ese hambre de ganar, esa necesidad de de ganarse la excelencia, lo que admiramos de Bradley Wiggins, que no contento con una trayectoria que calmaría los ánimos del 99.9% de las personas normales, quiere más, y conociéndole, no me extrañaría que hasta lo lograra.

Imágenes tomadas de Pinterest e Instagrama

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