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La historia de una marca de bicicletas

Ciclismo antiguo

La historia de una marca de bicicletas

Cuando el mundo cambió de siglo, cuando el mundo entró en el 1900, una revolución sacudió Europa que corrió en forma de calambre. Era la revolución de la bicicleta, personas que aparecían como setas por entre las aceras, los carromatos, algunos caballos y espantados peatones, totalmente alucinados por ese nuevo elemento que reducía distancias merced a la optimización de la energía humana.

Así las cosas, la imagen de cotidianidad que empezaba a tener la bicicleta tenía reflejo en una industria incipiente pero imparable, sobre todo en Francia con importantes centros de producción en el eje Saint Etienne- Dijon- Lyon y en las fabriles ciudades de Birminghan, Coventry y Londres en la gran isla. Otros países se unen paulatinamente, Italia, Dinamarca, Suecia,… y Alemania, que va con algo de retraso, pero con paso firme.

Cada cual tiene lo suyo. Las francesas son bicicletas ligeras, elegantes, de aspecto delicado, ideales para los grandes bulevares parisinos que abrieron en canal los insalubres enjambres medievales. Las inglesas se equipan de guardabarros por la meteorología. Las italianas suman las virtudes de los dos países de referencia y las alemanas priman una cosa, la seguridad del ciclista, aunque ello implique menor ligereza.

En ese entorno de “innovación ciclística”, un tal Heinrich Rose abrió una pequeña tienda de bicicletas en Bocholt, una población encajada entre Alemania y los Países Bajos. Rose elige el centro de la población, cerca de su ayuntamiento de hechuras flamencas, con la intención de testar si aquello que sucedía en Europa tenía recorrido en su pueblo.

La tienda emergió y dio salida a parte de esa producción alemana que buscaba fiabilidad. El negocio fue bien, pasó por las penalidades de la Gran Guerra y posterior depresión. El vástago de los Rose, también llamado Heinrich, abrió otro local, de tan solo treinta metros cuadrados, pequeño, humilde, un emblema, pues como rezaba en la entrada: “El precio más bajo en la tienda más pequeña”.

La visión del hijo de Heinrich Rose tuvo recorrido y cumplió aquello de las bicicletas y el verano, pues en invierno, la empresa salió adelante vendiendo máquinas de coser. Los años pasaron y la tercera generación entró a gestionar el patrimonio de Rose. Ya en 1982, la firma sacó su primer catálogo propio, de producción propia, el círculo cerrado. Una oferta que se resumía en 64 páginas y más de tres mil copias que corrieron de mano en mano por la comarca y alrededores. Aquellos catálogos salieron de una fotocopiadora.

La apuesta necesitaba más espacio y se fueron a un edificio de casi 4000 metros cuadrados para albergar hasta 55 empleados y una tienda llevada por otras veinte personas. La marca ya no era patrimonio familiar, era del pueblo, patrimonio de su ciudad de siempre y así la instalación de su “biketown” le dio a Bocholt uno de sus emblemas: un edificio acristalado, moderno, un hub de la bicicleta, que aunaba su mejor historia y el know how de una plantilla de 227 personas que generaban una riqueza de 60 millones de euros.

El biketown le sirivó a Rose para ser la “empresa del año 2000” y seguir creciendo, ahora lejos de casa, de las raíces, en Múnich, en la rica y próspera Baviera, con el “Rose Biketown München” hace un par de años en una creacion que le sirivió ser nombrada “tienda del año” por su diseño.

Rose ahora es una marca transversal. España es un mercado de importancia, el sexto, constatándose el gusto que tenemos por lo bueno, creciendo paultatinamente y sin descanso, para que el “savoir faire” intimamente alemán sea apreciado a este lado de los Pirineos.

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