La imperecedera grandeza de Oscar Freire

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Este lunes, primero de semana, siempre perezoso, nunca agradecido, se celebró el 40 aniversario de un ciclista grande en muchos aspectos, como persona y profesional de éxito. Hace un puñado de años que dejó el ciclismo y ese chaval risueño que debutó de rojo Vitalicio sigue siendo eso, vitalicio en nuestra memoria.

Es muy complicado encontrar alguien que hable u opine mal de Oscar Freire, incluso en los años que el irrepetible ciclista de Torrelavega veía como uno tras otro se le escapaba la opción de ser el mejor exponente de la historia de los mundiales porque siembre pasaba algo que jugaba en su contra.

No por mil veces dicho deja de ser menos cierto, en cualquier otro país el 40 aniversario de un ciclista del tamaño de Oscar Freire conllevaría una celebración casi nacional, pero aquí las cosas quedan en un discreto segundo plano, como casi siempre cuando hablamos de este campeón.

Freire nos abrió el tarro de las esencias mil veces conocido en otros parajes. España, país de agonistas vueltómanos, ciclistas de largo radio, no acostumbraba a finales eléctricos. El tarro del coletazo final, el latigazo mágico de quien se siente con la confianza de dejarlo todo para muy al final porque sabe que ahí reside la clave de su éxito. Sus tres victorias en el mundial se cortaron por el mismo patrón, quieto y parado, hasta que la meta se oteaba en el horizonte.

En la vida de este loco por el ciclismo, que es quien esto escribe, siempre quedará Verona y ese domingo de octubre de hace ya 17 años como una de las fechas más bonitas que le ha regalado este deporte. Freire estaba ese día con la soga al cuello, tras quemar su primer año pro y con la seguridad de que su equipo no iba a seguir. Pasaron las vueltas, una y otro, y otra, y Oscar no bajaba de la cuarta plaza. Atacaba Vandenbroucke, luego Ullrich, también Casagrande, después el campeón saliente, Camendzind y Oscar ahí, siempre ahí, hasta que ganó el mundial saliendo por la tangente. La emoción en la narración del llorado Pedro González nos sigue atenazando.

Fichó a lo grande por Mapei, llegando con su discreto coche a una concertación en la que se daba cita parte del firmamento ciclista mundial, Bartoli, Bettini, Museeuw,… se ganó el sitio a base de tesón e inconformidad, con un físico que no siempre le acompaño. Maldita espalda. Con unos compañeros que no acabaron de auparle a donde merecía. Aún recuerdo el cabreo de su primera San Remo en arco iris. Pero con todo, ganó el segundo mundial, éste en Lisboa, para desespero de los italianos sumidos en el descontrol.

El tercero sería para un servidor el mejor, porque mostrando poderío en cada subida, saliendo a los acelerones de Ivan Basso, entonces en su mejor versión, con solvencia, esperó al final para que Valverde, el corredor con el que no siempre estuvo de acuerdo en todo, le lanzara hacia la eternidad que solo tres ciclistas habían pisado: Binda, Van Looy y Merckx.

Mirad sus tres San Remo, su victoria en Wevelgem, en Tours, su maillot verde, sus muchas muescas, y sabed que será difícil volver a tener un corredor así, sencillo por fuera, ambicioso por dentro. Por eso siempre creeremos que el legado de Freire, felices 40 años, siempre será imperecedero.

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