La indiferencia no existe en el Mortirolo

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Hace unos veinte años, el momento especial  de cada mes llegaba cuando recibías tu Ciclismo a fondo en tu quiosco de confianza. Recuerdo, como si fuera ayer, el número que sacaron en mayo de 1991. Era grueso, de esos que se dicen de lomo americano. Recapitulaban la Vuelta a España que acaba de ganarle Melchor Mauri a Miguel Indurain y repasaban, a modo de previa, lo que podía dar el Giro de sí.

Hojeando, viendo los favoritos a la “cosa rosa” me llamó mucho el perfil de un puerto. Aquellos desniveles no eran normales, rampas y rampas a dos dígitos de pendiente, sin descanso y por más de trece kilómetros. “Ni los Lagos tienen esto” pensé, días después de que Lucho Herrera ganara en la cima astur. Aquel gráfico plasmaba en papel el Mortirolo, un nombre que desde entonces forma parte de la antología de “puertos imposibles”, como los llamó acertadamente  Carabias en ABC.

El Mortirolo se había subido un año antes y lo doblegó un venezolano llamado Leonardo Sierra. Lo hizo subiendo por el lado “fácil” y bajando por el empinado dando una sensación de vértigo e inseguridad alarmantes. No sé si se cayó más de una vez. En 1991 el Mortirolo sepultó las pocas opciones que Marino tenía de remontar a Franco Chiocchioli, toda vez la Marmolada había dejado muy tocada la suerte del entrañable ciclista de Berriz.

La edición más icónica del Mortirolo fue aquella de 1994 cuando Marco Pantani exhibió poder frente a un Miguel Indurain enfrascado en quitarle la maglia rosa a Eugeny Berzin. Fue una de esas etapas de anales, que caen por el propio peso cuando recordamos antologías ciclistas. El mismo día que Brugera le ganaba Rolland Garros a Berasategui. Qué crédulos, aunque felices, fuimos entonces.

Con los años el Mortirolo fue entrando y saliendo del Giro. En 2008 cuando pareció que a Contador le iban a freír a ataques Ricco y Di Lucca, el Mortirolo mató la emoción a favor del madrileño, la misma que quiso ponerle Purito de rosa, cuando más de uno le llamó “gilipollas” por atacar tan lejos de la meta en el Stelvio. Ivan Basso se regodeó en 2006 y sorteó con fortuna el descenso cuatro años después, cuando David Arroyo casi le remonta.

Como comentamos hace poco con Flecha, en la previa de este Giro, el Mortirolo es un antes y un después en la historia del ciclismo, el paso a la modernidad. Se dejaron los puertos de pendientes lisas y estiradas por otros que ofrecieran el aliciente de la rampa salvaje. Si el Mortirolo le hizo o no daño al ciclismo lo juzga cada uno. Lo que es obvio es que no deja indiferente.

Y  esta vez tampoco ha sido diferente. La combinación Mortirolo-Aprica nunca falla, siempre funciona. Llegaban de uno en uno o de dos en dos. Un pinchazo de Contador antes de empezar el coloso puso mecha al momento. Sin embargo, la suerte de la magia rosa se enderezó cuando Fabio Aru empezó a mostrar problemas. Ni curva, ni espíritu Pantani. Aru se ha venido abajo, dando una lección de encajar una situación adversa en la que hubo momentos en que todo le vino en contra. Salvar el podio es ahora su objetivo,

Porque ahora el líder de Astana es Mikel Landa. Plan B. El alavés lleva ya dos etapas dando la sensación de que si no se hubiera descalabrado en la crono, Contador habría tenido en él su gran rival. El madrileño salva un día complicadísimo con una subida al Mortirolo para enmarcar, pero en su fuero interno dos astillas: un equipo que sigue sin responderle y la posibilidad de ganar dos Giros sin etapas que los adornen y eso a alguien que mira tanto las estadísticas no le gusta.

Imagen tomada de forodeciclismo.mforos.com

INFO 

En Eibar, hace 175 años nació una empresa familiar, regentada por varios hermanos que fue pionera en muchas cosas. Entraron en el negocio de las armas como marcaba la tradición, primero grandes, luego se sofisticaron, incluso llegaron a tener sus saltos de agua para generar energía eléctrica. Con el cambio de paradigma, se fueron a la bicicleta y fueron sociedad anónima hasta que su gerente Esteban se declaró incapaz de seguir adelante. Los trabajadores cogieron las riendas hace unos 45 años y desde entonces siguen haciendo bicicletas tras superar mil vericuetos. Hoy compiten desde Mallabia, cerca de Eibar, porque en ella era imposible permanecer por no haber más espacio para crecer. Esta empresa es Orbea y se bate en un mundo de gigantes con la innovación y los valores que marcaron sus orígenes, que dibujaron la bicicleta eibarresa.