La Klasikoa de Miguel Indurain

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“Es un superclase” exclamaba Eddy Merckx mientras presenciaba por la televisión el desenlace de la Clásica de San Sebastián. Agosto de 1990, la temperatura es elevada en Donosti y alrededores. La gente puebla el Bulevar, tarde de sábado, muchas personas saboreando el descanso estival. Cita con las estrellas, las estrellas ciclistas, y una que reluce, Miguel Indurain.

Semanas antes es mozalbete alto y moreno de cerca de Pamplona, había dejado sello en el Tour. Sin levantarse, solo con un sutil cambio de ritmo dejó atrás al Greg Lemond que venía a sellar su tercer Tour. Luz Ardiden era el teatro, en medio de los circos pirenaicos. Un paso de testigo sutil, imperceptible a la gran masa enfervorecida que veía ese chavalote volar por fin solo, sin servidumbres para con nadie, con Perico cayéndose del podio y de la jefatura del equipo. A los pocos días ese mismo gigantón caía en las Lagunas de Neila frente a Marino Lejarreta, el incombustible ciclista de Berriz, que le ganaba por la mano una Vuelta a Burgos que tuvo alto voltaje.

La revancha tenía día, hora y lugar. A media tarde de un once de agosto en las primeras rampas de Jaizkibel. Ahí, donde la arboleda aún es densa, Marino quiso abrir la segunda entrega del duelo con Miguel. Fue abrir la caja de Pandora. Apareció el Indurain de Luz Ardiden, el que dio cuenta del tremendo Lemond. Al primer ataque de vizcaíno, Indurain responde con ritmo sostenido, in crescendo, una pesadilla que hacía de rampas llevaderas el muro más infranqueable.

Indurain lo estaba haciendo. Incesante yunque, Marino se descuelga al son de un ritmo horrible que no incluye cambios ni excesos. Es solo eso ritmo. Pero qué ritmo. El navarro volador corona con unos cuarenta segundos y abre el magisterio de cómo rodar el solitario. Si alguien quiso buscar un precedente primero a la crono de Luxemburgo debería prestarle atención a ese primer rodar, como el primer mosto de esos caldos rojos que con el tiempo son tesoros.

Por detrás el desespero, la caza del hombre. Fede Echabe tira y tira en primer persona, pero al relevo pasan Sean Kelly, Tony Rominger y Claudio Chiapucci. Lo hacían en vano. Indurain disparaba la distancia a más de dos minutos en meta. En el Bulevar, incredulidad ante tamaña exhibición. El navarro entra sonriente con el puño derecho en alto describiendo círculos como si estuviera en un rodeo. Acababa de inscribir su nombre en la Copa del Mundo, ese ranking para clasicómanos que rara vez frecuentaban los fondistas tipo Indurain.

Acababa de avisar de lo que venía, sólo era el principio.

Imagen tomada de www.zonacycling.com

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