La maldita bici de Hector Heusghem

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En los años veinte el Tour nada tenía que ver con lo que es ahora. Francia no era un país precisamente sencillo, había hambre, paro, inflación. El caldo de cultivo era idóneo para que una cosa como el Tour, qué era eso del Tour, pasara con más pena que gloria entre la gente del lugar porque había cuestiones más perentorias.

En esos años la carrera además estaba sujeta a unas reglas increíblemente arbitrarias. La famosa explosión de los Pélissier, narrada en primera persona y medio de una tertulia por el famoso Albert Londres, fue un punto de inflexión, pero hasta que los famosos hermanos dieran en la diana de los organizadores hubo más de un damnificado por el celo del reglamento.

Por ejemplo un tal Hector Heusghem, un ciclista valón, nacido cerca de Charleroi que sobrevivió a la Primera Guerra Mundial tras caer preso de los alemanes en la invasión de Bélgica. Después de la contienda, en la que perdió a su hermano Joseph, probó fortuna en la bici, un juego de niños comparado con las hondísimas minas que le tocó trabajar en las cuencas valonas, en 1919 y ganó el Circuito de los Campos de Batalla en el que tuvo que franquear el Ballon de Alsacia con un metro de nieve en los márgenes.

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Corrió varios Tours. El primero ya fue frustrante, porque participó desde el primer día con la horquilla de su bicicleta dañada hasta abandonar por los parajes del Somme, lugar situado en la mitología de la Gran Guerra. Volvió más veces, y fue segundo en un par de ocasiones antes asentarse como un firme candidato a ganarlo.

Fue en la edición de 1922. A dos días de arribar a París, nuestro hombre lidera con holgura el Tour. En un tramo camino a Metz un perro se le cruza y cae estrepitosamente tras describir un círculo en el aire acoplado a su bicicleta. Presa del pánico comprueba que su máquina está dañada y acepta la de un espectador para acabar la etapa y salvar el maillot ante el acoso de Firmin Lambot, con quien, el día nacional de Bélgica, debería jugarse la victoria final.

Pero no, no hubo que esperar a la resolución en la carretera porque un comisario, interpretando un reglamento extremo, comprobó que la bicicleta de Heusghem no estaba tan dañada como argumentaba, por lo cual debería haberla arreglado con sus propios medios e in situ sin aceptar la bicicleta de un tercero. La sanción, en forma de tiempo, fue una losa para sus aspiraciones y un alivio para Lambot que pasaba a liderar fácil el Tour que acabaría ganando y es que como dijo el autor, estaba escrito que Heusghem no ganaría nunca el Tour.

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