La mejor carrera no tiene que ser la más rápida

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Como bien sabéis ayer me puse un dorsal en el pecho por segunda vez esta temporada y por primera en la carrera que más me gusta y en la que mejor me siento: una media maratón. Desde abril, desde que marcara 1 hr 22  min clavada, no pasaba por la distancia. La recuperada carrera del Vendrell, una de las primeras poblaciones de Tarragona, me dio esa opción, un año después de haber debutado también aquí en la distancia de los 21 kilómetros. No es desconocido que la montaña rusa en la que se había convertido mi preparación estas primeras semanas no era el mejor aval para afrontar una distancia que si quieres hacer a una velocidad mínimamente digna, debes tener buenas piernas y mente preclara.

Como siempre en estas ocasiones a las siete de la mañana golpeó el despertado mi sueño dominical. Ritual ya conocido: buena carga de cereales, yogures, una pera –esto fue un experimento a falta de plátanos- y a volar. Fuera, mientras espero al amigo Toni, un café, cuando llega él, otro. Coche, charla aminada y nos plantamos en la salida. Recogemos dorsal con los nervios de un primerizo. Saber qué me iba a deparar la carrera tenía el mismo misterio que adivinar el gordo de Navidad. Todo era empezar a rodar, ser prudente y ver a qué “tranca” podías ir.

Y la carrera comenzó, con una salida brutal, en una pista de arcilla que va camino de ser mítica si esta prueba se asienta y una serie de recovecos, curva y contra curva que invitan a ser poco animoso. Pasa el primer kilómetro y no nos enteramos. Cogemos grupo, ya tan pronto, es lo que tienen estas carreras de tamaño pequeño. Todo se rompe rápido y sálvese quien pueda. El ritmo es perfecto, un poco por encima de cuatro. Es quizá algo más veloz del previsto, pero todo va bien, buena respiración, perfecta observación de la carrera, buen rebufo.

Pasan los kilómetros y el ritmo es perfecto, mis guías en la causa hablan entre ellos, saludan al público pero van clavando el tiempo. Pasamos los 10 kilómetros por encima de 40 minutos y la carrera se mete en una especie de urbanización fantasma, invadida por la mala hierba. Las sensaciones no son buenas, lo siguiente, decido probar a tirar del grupo, una subida, y me voy solo, espero, a la siguiente lo mismo, pero ya no espero. Tengo a los siguientes a la vista, a poco más de medio minuto. Recortarles solo, cara al viento es el próximo objetivo que logro, aunque me lleva ocho kilómetros –nada menos- conseguirlo. Entre el kilómetro 19 y meta, logro adelantar a los que me han exigido un buen esfuerzo de concentración. Entro en meta con 1 hora 26 minutos clavada, mucho mejor que el año pasado a estas alturas.

Un resultado que no está entre mis mejores registros pero que me da un regusto de triunfo, pues he realizado una carrera perfecta, llegando a la misma velocidad que salí sin síntomas de sufrir en exceso y con la opción de mejorar. Qué más puedo pedir.

Y es que la semana que rompió en esta media ya iba dando señas de que la carrera no sería tan mala como en un principio pude pensar. Sin series pero con buenas sesiones de rodaje y un paso por el masajista, las manos que parecen rodillos de Jordi Solano, la primera media del año ha caído. Ahora Cunit –si se celebra- y Tarragona, sobretodo Tarragona, son el objetivo en el horizonte.

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