La moto que mató la ilusión de Poulidor

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No sé cómo, o quizá algo puedo imaginar, pero lo que el ciclismo ofrece, una competición de iguales sobre una máquina en terreno idéntico para todos, se ha visto muy perturbado por un elemento satélite, necesario para la celebración de carreras, pero con una cuota de protagonismo que no le corresponde: las motos.

En medio año, más o menos, hemos visto como motos ha acabado con las esperanzas y el trabajo de ciclistas como Jakob Fulsang, Peter Sagan o Greg Van Avermaet. Son tres nombres, hay más, todos los tenemos en mente y lo más preocupante, que esos accidentes ocurren en carreras del máximo nivel, de la mejor calaña. Algo que sin duda debe hacer reflexionar sobre la obvia fragilidad del ciclista y cómo ésta es percibida por quien lleva los mandos de un vehículo motorizado.

#DiaD 14 de julio de 1968

Raymond Poulidor era mucho más que un ciclista, apegado a lo suyo, a la tierra, trabajador y hormiguita incansable plasmaba en sus castigadas espaldas el sentir de un país que desde luego apostaba por su triunfo por encima del de cualquier otro. Dos veces segundo, ya, ambas superado por Jacques Anquetil, se presentó al Tour de 1968 como el gran favorito.

Sin embargo, la suerte de los grandes quedó tocada por la moto que envía a Poupou al suelo. Con la nariz abierta, con la cara dividida por los girones de sangre que le surgían de la herida, el francés tomó su máquina en medio de la tormenta. Sus rivales, alertados del suceso, no dudaron en atacar a fondo.

Primero Roger Pingeon, luego Janssen, Bracke y Van Springel. La caída y lastimoso estado de Poulidor había corrido de boca en boca. En Albi ganaría Janssen, que también lo haría en el Tour, y en Albi se confirmó que Poulidor abandonaba el Tour entre la decepción generalizada de un pueblo que lo quiso tanto o más que al propio Anquetil. Una moto había matado la esperanza de los franceses.

Imagen tomada de www.flandriacafe.com

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