La primera Vuelta acabó con una explosión de ciclismo

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Aquella Vuelta en sí estaba siendo decepcionante. Se hablaba de falta de ambición de gloria y dinero, de conformismo, de un apalabrado reparto de roles. Lo cierto es que el tránsito por el sur fue triste y espeso, casi tanto como la ausencia de noticias de relieve para aquella masa que imaginaba la carrera, pues ni la veía ni escuchaba más allá que lo que se sirviera impreso en el quiosco.

El camino de vuelta hacia Madrid pasaba por Cáceres y Zamora. Les esperaban dos jornadas finales antológicas, lo suficientemente interesantes como para compensar el tedio anterior. En el puerto de Béjar, Dignef hizo estremecer a su propio líder con un ataque que desató la locura. Fue como el golpe que despertó a los leones. Los grandes, presa de la velocidad, no escatimaron la pelea ni en las pancartas de bienvenida, como pasó en Plasencia, donde se montó un sprint por confusión.

Ya con Zamora asomada al Duero a la vista, fácilmente reconocible por la curiosa silueta de su catedral originalmente románica, el colmo de la mala suerte se cebó en Mariano, en quién si no. De repente, sin previo aviso ni ruido que anticipara problemas, la cadena crujió y se soltó. Logró enmendar el desaguisado con un imperdible. Al poco otra vez la cadena, pero volvió a solucionarlo. Más adelante, nuevo tintineo y cadena rota. Esta vez no había solución ni remiendo posible.

Su mugrienta e irreconocible máquina era poco más que un harapo inservible. ¿Fuera de carrera? ¿Dos semanas de calamidades para ir a morir a orillas del Duero? Por suerte no. Surgió la esperanza en forma de ángel entre el público. Un chaval de la cuneta le sacó una bicicleta de turista que le valió para cruzar la meta zamorana en tiempo. Entre una cosa y otra Mariano cedió cinco minutos, cayendo de la segunda a la quinta plaza de la general. Una desgracia que despertó a la fiera.

Preso de la furia, a Mariano le resultaba indiferente el desenlace de la Vuelta. Ser quinto, octavo o estamparse en una curva. Le daba todo igual. Quiso poner las cosas en su sitio y ciertamente las puso. Cabalgando sobre una bicicleta molida, cedió a Molinar los puntillos del Alto del León para desafiar la muerte, las cunetas, la gravilla y las infames carreteras del momento en el descenso.

Cuesta abajo hacia Madrid se soldaron a su rueda, no sin temer por su vida, el líder Deloor y Max Bulla. El firme estaba húmedo por la lluvia que había caído. Poco importaba, Mariano quería el podio pero también el primer puesto, y por ello sembró de calamidades el camino de Deloor hacia su coronación madrileña. Un vía crucis con estaciones cinceladas entre paredes humanas de dos, tres y hasta cuatro filas de personas agolpadas en los bordes de la ruta para ver a aquellos potros desbocados.

La jornada moría en la Casa de Campo. La persecución se estableció con Mariano por delante, sin pedir relevo, y un pelotón destrozado, en la lejanía, conducido por Dignef, Molinar y Amberg. Deloor ganó la etapa y Mariano fue presa del delirio de la multitud. Desbocada, una avalancha humana se vino sobre el astro navarro. Tuvieron que sacarlo en volandas, agitado como una botella de champán. Mariano no rebosaba espuma y sí alegría y emoción. Escupía gritos, puñetazos al cielo. Había sido el héroe del país durante aquellos quince días de primavera. No pudo ganar, fue segundo. Si la primera Vuelta a España de la historia fue un éxito, el apellido Cañardo tuvo todo que ver en él.

Texto del libro “El primer campeón, el mundo que vio Mariano Cañardo