Las relaciones inglesas del Mont Ventoux

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Pocas cimas engendran la historia y atractivo del Mont Ventoux. Esa pirámide de coronilla pelada que se yergue en la campiña provenzal surgió un día fruto de los cataclismos que empujaron de los Alpes hacia los Pirineos y viceversa, como si lo telúrico y las fuerzas que perfilaron el viejo continente tuvieran rol premonitorio.

Si hay un nombre vinculado a la historia que enhebró el Ventoux en el ciclismo fue el de Tom Simpson por su cabalgada hacia la nada más absoluta en la décimo tercera etapa del Tour de 1967. Un golpe a la inocencia del ciclismo de la belle époque que despertó de forma más terrible por la tenaza del dopaje y el abuso de sustancias.

Pocos años antes, en el paso por lo Pirineos –aquí lo contamos la semana pasada- Simpson había sido el primer británico en portar el maillot jaune. Fue una concesión histórica pero fugaz, pues le duró un día, poco tiempo para muchos y minúsculo para el mítico el inglés que debió quedarse con tales ganas de repetir logro que enloqueció en el uso de ayudas ajenas.

Durante un tiempo Tom Simpson estableció su base en la Europa continental en la flamenca cuidad de Gante. En ella, poco después nacería Bradley Wiggins en esa misma urbe, por mucho que se venda como londinense. La estrechez en las relaciones entre ambos no  finaliza sin embargo en esta coincidencia en el lugar. Wiggins vivió mucho tiempo en el bloque donde habitaba la hija de Simpson.

Pero hay más. En la lucha por ser el primer “Brit” en pisar un podio de París, Bradley Wiggins apeló al embrujo del Ventoux y el espíritu de Simpson para defender su suerte la última vez que la carrera subió hasta aquí arriba. En la etapa de 2009, en la que Juanma Gárate logró batir a Tony Martin, Wiggo luchó a brazo partido por el tercer escalón del cajón de los Elíseos contra Lance Armstrong, a la postre titular de ese resultado, y Frank Schleck, pues los dos primeros, Alberto Contador y Andy Schleck, eran ya inabordables.

En esa indómita lucha Wiggins grabó la cara de Simpson en el cuadro de la Felt que para entonces usaban los Garmin. A pesar de las ganas y ahínco que le puso el largo inglés, su poder no pasó de la décima plaza y acabó cuarto la edición, que por otro lado, le convencería de que el Tour estaba en su radar. Tres años después cerró el círculo, sucedió a Simpson en la titularidad inglesa del maillot jaune y consiguió llevarlo hasta los pies del Arco del Triunfo.

Foto tomada de www.guardian.co.uk

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