La simbiosis

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Giré un momento la cabeza para ver si venía algún coche por detrás. Entonces fue cuando le vi. Saliendo del cruce, a unos 100 m, un ciclista con muy buena pinta se disponía a incorporarse a la vía por la que yo circulaba, dirección Norte, a la búsqueda de las rampas de mi puerto favorito, a unos cuantos kilómetros de distancia. 

En aquel momento pensé “vaya, parece que hoy voy a tener compañía”, pero aquel ego interno que todos los apasionados a este deporte escondemos, un poquito dentro nuestro, hizo que avivara algo el ritmo, sobre todo no quería parecer un triste globero al lado de semejante pro que se me iba a echar encima más pronto que tarde.
Un par de acelerones, para demostrarle que no me iba a rendir fácilmente y comprobar que efectivamente, cada vez se me acercaba más y más. Ya le sentía cerca, notaba su presencia y el ruido de las cubiertas rodando sobre el asfalto y el de la cadena engranando los piñones más pequeños. Sin duda, me iba a pasar como una moto, arrancándome las pegatinas de mi bici. A su lado, iba a parecer un niño montado en un triciclo.
Ya lo tengo a mi altura. Me saluda con un “buenos días”. Sin embargo, no demarra, no acelera, no me deja tirado. Se pone delante de mí y justo cuando afrontábamos una pestosa recta con viento en contra, me hace un gesto con su mano izquierda, señalándome inequívocamente que me pusiera a su rueda. Encantado de la vida, no decliné la invitación y acepté gustosamente la oferta, enganchándome a su rueda como una paparra.
Así estuvimos pedaleando a buen ritmo durante unos cuantos kilómetros, sin hacerme ni un mal gesto, ni pedirme relevo alguno. Pero a mí no me gusta nada “chupar rueda” siempre y los que me conocen saben bien que siempre procuro dar la cara, esté bien de forma o no. Así que, apretando los dientes, me puse delante de él, marcando esta vez yo mismo el ritmo. A partir de aquí el entendimiento fue total y los relevos se fueron sucediendo armoniosamente y los kilómetros fueron cayendo con facilidad, hasta llegar al pueblo donde se iniciaban las rampas de todo un primera.

“¿Subes hasta arriba?” –me dijo.

“Sí, sí, para allí me dirijo. ¿Te apuntas?”

“No era mi intención, pero… ¡venga!”

Y así nos dispusimos a escalar los 9 km de este puerto, mano a mano. Ahora ya no habían relevos. Simplemente nos pusimos uno al lado del otro y, sin conocernos de nada, empezamos a hablar, y no parar, de puertos, desarrollos, marchas, clubes… Casi sin darnos cuenta, llegamos arriba. Rellenamos bidones en la fuente y otra vez para abajo. Llegamos al llano e iniciamos de nuevo nuestros precisos relevos, hasta llegar al cruce donde nuestros caminos se separaban. Una parada para despedirnos. Un saludo efímero. Un correo electrónico mal apuntado, de memoria, y… ¿hasta la próxima?

Por Jordi Escrihuela (Revista Pedalier)

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