La última del viejo Tom

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Hay veces en la vida que despiertas y ves que el tiempo pasa, que las cosas no volverán a ser lo que antes, que… hay días que miras la tele, sintonizas ciclismo y ya no ves a Tom Boonen, el corredor que trascendió el ciclismo, el ciclista de tiempos modernos que rivalizó con los antiguos, por todo, por calidad, por carisma, por temple, por palmarés, por cariño,…

Tom Boonen se ha guardado el último dorsal. Ha sido el dorsal de un polvoriento maillot azul acartonado por el polvo y la porquería que siempre flotan en la ruta hacia Roubaix. La útima travesía, no habrá más. Tom hablaba en bajo el arco de salida de Compiegne con Jonh Degenkolb, comprobaban la suspensión de su máquina, blanca, limpia, perfecta. Siete horas después ya no volver a rodar en el máximo nivel.

He tenido ocasión de seguir el 100% de la carrera profesional de Tom Boonen y podemos decir, sin temor a equivocarnos, que deja un legado entre los mejores de la historia en materia de adoquín, lo que en Bélgica sería hablar de nuestro Miguel Indurain, Perico y cía. Allí es Dios.

Sin embargo, para Boonen siempre habrá un amor, la carrera que le prendó, Roubaix, una prueba por la que ha suspirado y luchado hasta la extenuación para tenerla en exclusiva, se ha quedado a un pasó, yo creo que él mismo supo el año pasado, cuando le superó Hayman, que su tren había pasado. Quiso volver este año, pero las circunstancias han sido diferentes, muy diferentes.

Su equipo, entre unas cosas y otras, se diluyó cual azucarillo, y el trabajo que le correspondería compartir con varios, le tocó centrarlo en Zdenek Stybar, digno sucesor, pero lejos del viejo, y ya licenciado Tom. No hubo manera.

Roubaix explica a Boonen, que sí es campeón del mundo, maillot verde en el Tour, etapas en infinidad de carreras, todas las grandes del adoquín, salvo Het Niuewsbald -tiene cojones que lo evitara Vanmarcke-. Roubaix explica a Boonen, porque Boonen ha sido Roubaix, hoy, el día de su retirada, y desde el día que puso el pie por primera vez en esta carrera.

Fue hace 16 años, en una carrera de las de antes, si me apuráis creo que de las últimas, si no la última, corrida con el barro que impide distinguir los maillots. Entonces Boonen, joven, arrojado e incipiente campeón, juró en hebreo porque no pudo ganar al maestro Museeuw, su espejo e inspirador. El listón estaba alto.

Y lo estaba justificadamente. Boonen abrió el melón el primer gran día de Flecha en Roubaix, marcando el techo para el hispanoargentino. Luego ganaría de todos los colores, acompañándose de Fabian Cancellara y Alessandro Ballan y también en solitario, dos veces. Todos recuerdan su exhibición de 2012, a mí me encantó la de 2009 cuando descolgó uno a uno a rivales (Pozzato, Hushovd, Van Summeren, Flecha,…) que parecían querubines trazando. Todos caídos y Boonen solo, delante. Y eso no puede ser casualidad.

Boonen deja el ciclismo con la frescura que le llevó a conquistarlo no hace tanto tiempo, algo que tiene mucho mérito y también delito. Lo primero porque verse ahí delante es goloso, tanto que a veces olvidas el camino de penurias que lleva hasta lo más alto. Lo segundo, porque nos deja a la afición sin referentes, sin uno de esos faros que alumbra el camino y marca el corazón.

A mí el Boonen de los primeros años no me atraía, me parecía un crío, a veces incluso azaroso, que ganaba porque tenía talento a raudales. Ganaba tanto y tan fácil, que abrumaba. Con el tiempo, se templó, sorteó momentos complicados, y no sólo en el ciclismo, y se rehizo, fue el ciclista que es ahora, un tipo solvente en carretera, honesto en competición y cercano fuera de ella. Boonen ha ganado tres veces Flandes, pero no lo olvidéis propició y ayudo a que Gilbert y Devolder también lo hicieran.

El tiempo es esa losa cuya caída no podemos controlar. Hace un año fue Cancellara, ahora Boonen, se van los grandes,… vendrán otros.

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