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La vieja bicicleta

@JoanSeguidor

La vieja bicicleta

LBD Cambrils P

Cuando tenía el garaje abierto y yo pasaba por delante de su casa, la de mi querido y viejo vecino Joan, siempre la veía allí colgada, una bici que no me llamaba especialmente la atención, pero que miraba una y otra vez, igual que cuando se me van los ojos detrás de cualquier bici que vea pasar o que esté aparcada delante de un bar, junto a otras, delatando la presencia de ciclistas en su interior almorzando.

Sí me fijé varias veces que no era una bicicleta digamos “moderna”: de color rojo, manillar encintado de color blanco sucio, cableado por fuera, manetas del cambio en el cuadro y pedales con rastrales. Siempre pensaba “¡Buf! ¡Vaya hierro!”.

LBD Campus Melcior M

Eso es lo que pensaba hace cinco años y no tenía ningún interés por aquella bici. ¿Quién se iba a sentir atraído por una bici así, en plena época del carbono y del cambio electrónico? Yo ya sabía de la gran afición al ciclismo de Joan, amigo y vecino de 88 años, que también había disfrutado de la bici en sus épocas “mozas”, como él mismo siempre me recordaba. Y Joan sabía de la mía, claro, sobre todo cuando me veía salir una y otra vez de mi casa con mi bici dirección vete tú a saber dónde. Y casi siempre bajaba y me paraba, y nos tirábamos un buen rato hablando de ciclismo, del de antes y el de ahora.

A on vas avui?

Siempre me recordaba que su suegro, Joan Segura (padre de su mujer, mi estimada vecina María Lluïsa), con 20 años había coincidido y corrido junto al gran Mariano Cañardo y que incluso había llegado a disputar alguna Volta a Catalunya. Estamos hablando de años anteriores a la Guerra Civil, entre 1932 y 1934. Después de la guerra, tuvo que emigrar a Francia, instalándose en Marsella, donde pudo seguir compitiendo en carreras locales. Algunos años más tarde, allí se pudo comprar una bici, un último modelo de lo mejor que había en Francia, imposible de encontrar, lógicamente, en la España de la post-guerra, que le serviría para continuar disputando carreras en sus últimos años como corredor, para luego reciclarse y disfrutar con ella plenamente del cicloturismo.

Así fue durante mucho tiempo, hasta que hace unos 40 años se la regaló a su yerno Joan, porque ya no tenía muchas ganas de salir con ella. Mi vecino la disfrutó durante bastantes años también, hasta que, por la edad, la colgó definitivamente en el trastero del garaje de su casa, donde ha permanecido inamovible y descansando de las múltiples batallas vividas, haciéndose vieja, muy vieja, llenándose de polvo y óxido por el inexorable paso del tiempo. Pero a mí, la verdad, seguía sin llamarme mucho la atención.

Sin embargo, hace unos pocos años, y cuando seguía pasando por delante de ella, algo había cambiado, ya la miraba con otros ojos, con mucho más interés, sobre todo a partir de un magnífico reportaje que se publicó en Pedalier sobre una marcha de bicicletas antiguas que se desarrollaba en mi querida Toscana (aquel mismo año había estado allí de vacaciones y vine completamente enamorado de aquella tierra). El nombre de la prueba, actualmente conocida por casi todos los ciclistas, cómo no, era el de l’Eroica. El artículo me dejó fascinado, aquellas bicis de otras épocas, aquellos cicloturistas con maillots de los 60 y los 70, aquellos caminos sin asfaltar… De repente, me subió la fiebre retro: yo quería estar allí.

Pero en aquellos años, participar en una prueba así era para mí imposible: sin bicicleta antigua, sin maillots de época y el no poderme desplazar tan lejos simplemente para participar en una marcha ciclista, añadido todo a que en aquel momento no se hacía nada parecido, ni por asomo, en nuestro país, pues hizo que mis ganas se quedaran en solo eso: en las ganas de un día poderme rodear de ese ambiente festivo de un ciclismo que ya nunca más volverá.

Y yo seguía pasando cada día por delante de la puerta de mi vecino y ya la observaba con más detenimiento. Yo calculaba que sería de los años 60 ó 70, lo cual ya daba bastante bien el perfil de bici antigua, ¡y tanto! Pero me desmoralizaba verla cómo estaba y, además, por mucha confianza que tuviera con Joan, yo no se la iba a pedir, claro, era su reliquia, todo un recuerdo para él.

Pero hace un par de años todo iba a cambiar. Un día, como otro cualquiera, picaron a la puerta de mi casa. La abrí y era Joan, mi vecino, y venía acompañado por su vieja bici. Me quedé un poco perplejo. Recuerdo que lo primero que me dijo fue:

La vols?

No supe qué contestarle. Solo le dije que cómo es que se quería deshacer de ella y que me sabía muy mal. Me explicó que su mujer le hizo limpiar el garaje y tirar todos los trastos que no hicieran falta, como aquella destartalada y vieja bicicleta. “Si no la quieres tendré que tirarla a la basura. La María Lluïsa no la quiere ver más por el garaje“.  Y me la quedé. Le agradecí enormemente el regalo, le di un abrazo y la entré para adentro, más con la sensación de no saber si aquello tenía arreglo.

Millor que amb tu, no ho estarà amb ningú

La bici, una Prestige francesa con la curiosa característica de llevar triple plato, estaba bastante mal, muy oxidada y tenía bastante faena por delante si algún día quería salir a pasear con ella. Ahora la tenía colgada en el garaje de mi casa, donde me la miraba una y otra vez, sin saber por dónde tenía que meterle mano.

Pasaron muchos meses y no me atrevía con ella hasta que, por fin, tuve una excusa innegable para poderla reparar: muy cerca de mi casa, en el Penedès, se iba a celebrar una concentración de bicis retro, el sueño que llevaba persiguiendo durante años.

Un día ya no me lo pensé, la fecha se acercaba y empecé a limpiarla con esmero: ¡la cinta del manillar era blanca! Le quité todo el óxido que pude, dejándola bastante decente. Un cambio de cables por aquí, un buen lubricado de las partes móviles y… ¡los frenos y el cambio funcionaban! Un cambio de cadena, cubiertas desmontables (un poco viejas para que no se notara mucho) y los tubulares destrozados fuera. El sillín Soffatti y el manillar estaban impecables y los frenos Mafac en perfecto estado.

La estuve probando e iba bastante bien. Me di unos cuantos paseos, subí incluso a Montserrat con ella, y funcionaba bien, quitando algunos bruscos y lógicos saltos en el cambio o pequeños ruidos que uno ya no sabía de dónde salían, pero pedaleaba y con gusto. Aquella vieja bici recuperaba sensaciones perdidas en el tiempo.

El resto ya lo conocéis, participé en mi primera retro, la Pedals de Clip, de la que quedé completamente enamorado y ya enganchado definitivamente a este ciclismo épico. Pero en nuestro país, por suerte para los que amamos el ciclismo de antaño, han salido más pruebas de este tipo en el calendario: la Histórica de Abejar (Soria), Canal de Castilla en Medina de Ríoseco (Valladolid), la Monreal de Ariza en Zaragoza y la Pedals de Clip en Sant Martí Sarroca (Barcelona), y más que se irán añadiendo…

Por Jordi Escrihuela

INFO 

Y hablando de recuerdos…

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Orbea comenzó haciendo armas en Eibar hace 175 años. Con el tiempo fabricó también carritos de niño y finalmente bicicletas, a partir de 1930. Desde entonces, su actividad se ha centrado en la fabricación de bicicletas, a lo que en la última década se le han unido cascos, ropa ciclista, mochilas, al margen de numerosos eventos en los que tratan de estar lo más cerca posible del apasionado ciclista.

Con motivo de esas 175 primaveras, y si Orbea te ha acompañado alguna vez en tu vida, puedes ponerte en contacto con ellos y enviarles alguna foto o contarles alguna historia. Es pieza puede completar la historia de Orbea y tú, formar parte de ella.

Hazlo en el mail [email protected]

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