La Vuelta a España y sus “etapas florero”

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En esta llegada a La Farrapona, ampliamente celebrada por Juanjo Cobo y compañía, llegué a pensar en otra “estafa deportiva”. Alessandro De Marchi, así lo manifesté en plena jornada, me parece un corredorazo. Tiene planta, clase sobre la bicicleta, arrestos y unos cojones que no le caben en la entrepierna. El BMC, sí el BMC y no el Astaná, se lleva un ciclista mayúsculo.

Pero volviendo al principio, la tan cacareada etapa reina de esta Vuelta, seguramente volveremos a oír eso de “reina” el sábado cuando se aborde Ancares desde la mil veces demandada vertiente de Pan do Zarco, la deben disputar los capos de la general. Es decir en La Farrapona, también en zona de lagos, debían estar Froome, Purito, Valverde, Aru o Contador, quien al final se llevó el gato al agua, siendo fiel a su compromiso de luchar por una etapa en la tercera semana. Con todos los respetos, De Marchi no era un ciclista para tan magna jornada.

Ocurre desde hace tiempo que la Vuelta acumula grandes llegadas en altos, significados lugares de culto, nuevos descubrimientos, con una pléyade de nombres que no acompaña al esfuerzo de los organizadores. Si estos tuvieron la suerte de encontrarse un Contador vs Froome en Asturias y en septiembre, lo cierto es que el caché de algunos de los ganadores en las cimas emblemáticas de la carrera no acompañan al bombo y platillo que acompaña a sus descubrimientos.

El mejor ejemplo lo tuvimos en los Lagos de Covadonga, una subida que el propio Carlos de Andrés definió “bonita pero intrascendente” pues tras varios ataques Alberto Contador forjó una exigua ventaja sobre su obsesión, el británico Chris Froome. Yo diría que fue una “etapa florero”. Los Lagos son paradójicos pues fueron la cima que cambiaron en sino de la carrera. Entre los dos acuíferos de Enol y la Ercina ha crecido un palmarés selecto que en los últimos años, con todo el cariño a sus ganadores, no acompaña a la primera mitad de la historia de esta otrora legendaria llegada.

Veamos. Marino Lejarreta abrió hace 31 años la enorme historia de esta cima en una edición marcada por la nostalgia de ver a uno de los más grandes batirse hasta la extenuación con los mejores ciclistas de la vieja España. Luego le siguieron  muchos nombres, pero ninguno anónimo. En los Lagos doblaron Lauren Jalabert, la primera vez en escapada cuando aún se le consideraba velocista, Lucho Herrera y Pedro Delgado. En 1997, el día de los mil ataques de Fernando Escartín, Pavel Tonkov logró poner el último gran nombre en la placa de la cima asturiana.

Hubo una edición, en 2000, que abrió el listado a ciclistas que ganaron aquí pero que no tienen ni palmarés ni caché al nivel de tan legendario lugar. Tomen nota, Andrei Zintchenko, Juan Miguel Mercado, Eladio Jiménez, Vladimir Efimkin, Carlos Barredo, Antonio Piedra y este domingo Przemyslaw Niemiec. Que me perdonen los aludidos, sus respectivas historias aúnan un mérito kilométrico y una calidad innegable, pero los Lagos han perdido todo su glamour.

Y lo que ha pasado en los Lagos es extrapolable al otras grandes jornadas. Salvo la victoria de Alejandro Valverde en Piedras Blancas, los capos corren ajenos al triunfo parcial. Miren el año pasado las etapas pirenaicas y la llegada al Angliru, que sigue siendo el único gran triunfo del pequeño y talentoso Kenny Elissonde, un corredor que promete mucho pero del que nunca más se supo desde entonces.

Es obvio que en la Vuelta las victorias parciales importan mucho menos que en Giro y sobre todo Tour de Francia. Aquí se pelean si se ponen a tiro pero los equipos de los grandes no se mueren en el intento de cegar fugas que perjudiquen el efímero éxito de una etapa. El problema es que con los años, con la perspectiva, pones negro sobre blanco el palmarés de los Lagos sobre el de Alpe d´ Huez o de Zoncolan y esto no hay por dónde cogerlo.

Imagen tomada de www.lavuelta.com

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