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Monte Oiz, donde el viento sopla muy fuerte

Monte Oiz JoanSeguidor

Puertos de Montaña

Monte Oiz, donde el viento sopla muy fuerte

Monte Oiz, donde el viento sopla muy fuerte

Tiempo de lectura:2 Minutos

La cima de la etapa vizcaína de la Vuelta acaba en la “cima ventosa”

Muchos preferiremos que llueva antes que atrevernos a salir a combatir la ira de Eolo, dios de todos los vientos a quien, según la mitología griega, Zeus le concedió el poder de controlar las tempestades, que tenía encadenadas y las podía liberar a su antojo.

Por eso Eolo era tan temido.

Y lo sigue siendo aún en día: el enemigo público nº1 del ciclista.

Sirva esta introducción hablando del viento para situarnos en la fantástica excursión que realizamos hace unos meses con el fin de conocer la nueva joya de la próxima edición de la Vuelta a España: la subida al Monte Oiz, una montaña muy al gusto de la ronda española, corta y explosiva, que hará las delicias de los seguidores. Ya veremos también si la de los corredores, una inclinación sólo apta para escaladores puros.

El Monte Oiz en la marca “la Vuelta”

Era un frío pero soleado día de marzo.

Apenas nueve grados de temperatura para lo que se suponía tenía que ser ya un acercamiento de la primavera, después de un largo invierno que había sido duro, sobre todo en el norte, de frío, lluvias y nieves.

Estábamos sin embargo en el tercer mes del año, el más ventoso de  todos.

¿Alguna duda después de aquella salida? Al final lo veremos.

Aquel día, un cierto miedo escénico se respiraba en el ambiente.

No era para menos: el viento soplaba de lo lindo.

Pero no habíamos venido hasta Gernika para abandonar entonces, aunque el Monte Oiz se había estado ocupando de complicarnos mucho su conquista.

De la grupeta, los más fuertes y corpulentos marcaban el ritmo.

Los demás, bastante teníamos con seguirlos, resguardados, eso sí, del viento.

Llegando a Urrutxua tras pasar por Mendata, siempre en constante ascensión, ya conseguimos a ver en lo alto de la montaña los generadores de Oiz, desafiantes.

Alcanzamos el precioso “Balcón de Bizkaia” y un indicador a la derecha nos mandaba ya hacia Monte Oiz.

Sabíamos lo que nos aguardaba, por eso aquí ya todos echamos manos del piñón de 32 que llevábamos detrás.

Iba a echar chispas en aquellos apenas 5 kilómetros de durísima subida, en la que habríamos de “sortear” rampas entre el 20 y el 25%, muy, muy, difíciles, con la complicación añadida de tenerlo que hacer por una carretera estrecha y hormigonada, resquebrajada y muy empinada.

Vamos, las carreteras que a nosotros nos gustan.

Seguimos. Para definir este tremendo muro, lo mejor es describir las sensaciones que experimentamos escalando aquellos 5 kilómetros de pared: primero una gran tranquilidad para no atufarnos con la primera inclinación al 20%; después seriedad, se acabó la cháchara y sólo se oía el jadeo de nuestra respiración; y a continuación una sensación de agonía y de sofoco.

Las piernas nos quemaban cuando alcanzamos la cuesta al 25%. Estábamos en la mitad de la subida. Nos retorcimos esquivando el cemento rajado.

Cada pedalada que dimos fue artesanal, muy al límite del sobreesfuerzo, hasta que por fin parecía que aquellos gigantes molinos de viento querían rendir ante nosotros, pero aún no, todavía no se daban por vencidos para claudicar bajo nuestros pedales.

En la prórroga del verano, pedalear con calor tiene su miga 

Un kilómetro entero a más del 12% nos dejó casi ya sin fuerzas, como un boxeador a punto de besar la lona, mientras su entrenador quiere tirar la toalla. Nosotros no, somos así de cabezones y sudando a borbotones, con evidentes gestos de dolor, por fin llegamos, después de haber mecanizado nuestro pedaleo y asimilado el sufrimiento: Oiz hace mucho daño pero las vistas compensaron… ¡impresionantes!

El esfuerzo valió la pena y allí estuvimos un buen rato en actitud contemplativa en lo que para nosotros fue descubrir el auténtico Balcón sobre Bizkaia.

¿Y el viento? Aquel día, increíblemente, no soplaba allí arriba.

Tuvimos suerte y hasta los aerogeneradores ni se movían. Fascinante. Sin embargo uno de nosotros nos desveló su secreto: la noche anterior, víctima del pánico, estuvo rogando a Eolo aires propicios o al menos una suave brisa favorable para facilitar la conquista del monte, del Monte Oiz.

Parece ser que el “Dios de los Vientos” vio con buenos ojos aquella petición y fue misericorde con nosotros entregándole al capitán de nuestra expedición todos los vientos encerrados  dentro de una bolsa bien ligada para que los manejara a su antojo.

Y allí estaba. Eso sí, nadie se atrevió a abrirla.

Por Jordi Escrihuela

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