La Vuelta que yo conocí

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Abril. Finales de primavera. Tiempo caprichoso, calor en Levante pero arrebatos invernales en el norte. Jornadas apocalípticas, de frío intenso, lluvia e incluso nieve se alternan con otras de solecito y sopor. Complicado pronóstico, pues no acostumbran a venir las mejores figuras internacionales, entonces la Vuelta, la de hace veinte años, la que yo conocí se corría justo después de las clásicas y finalizaba una semana antes del Giro. Venían buenos, pero no siempre en disposición de ganar o brillar. La cosa era un juego doméstico más el concurso de estrellas foráneas enroladas en equipos de casa.

Esas Vueltas eran típicas y previsibles. Se iniciaba con un prólogo corto, no muy largo, incluso a veces con una crono por tríos, cosa curiosa, que partía en tres la estrategia del equipo. Primera semana de transición con grandes velocistas que rara vez brillaban fuera de la Península. Velocistas internacionales inscritos en conjuntos hispanos. Mathew Hermans, Malcon Elliot,… algunos de casa y otras vedettes como Van Poppel o Abdoujaparov que mojaban por cuatro cinco veces.

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Se colaba una crono larga antes de la gran montaña. En la Vuelta una crono larga no solía superar los cuarenta kilómetros, no como en el Tour donde se cuajaban esfuerzos de más de una hora y sesenta kilómetros. Las cimas eran repetidas. Cerler, Alto del Campoo, Sierra Nevada, Navacerrada,… también  Serranillos, Navalmoral, Cotos, Morcuera… hubo un día que descubrieron los Lagos y a veces se subía hasta El Naranco y por la Demanda se hacía también Valdezcaray. Luego podía o no haber una segunda crono.

Esa Vuelta es la que conocí. Una carrera de patrón más o menos fijo que adolecía de creatividad e ingenio pero que era eso, la Vuelta, una carrera con personalidad fija y concisa, una carrera con las ideas claras. Pasaron los años, crecieron voces críticas que reclamaban novedades. Sobre las mesas de Gadea y Mendiburu se apilaron dossiers de puertos, subidas, parajes que merecían ser visitados.

Lo llamaron al principio Gamonal, pero pasó a la leyenda con el nombre de Angliru. Éste lo cambió todo, fue un punto de inflexión. Su entrada se produjo hace quince años exactamente. Se descubrió que la subida salvaje de doble dígito gustaba, atraía.

Aquella etapa llenó de audiencia la carrera y abrió la caza de rampas que los coches no se dignarían a subir. “Las rampas que no quieren para sus coches nos las ponen a nosotros” le oí un día a un ciclista. Hubo un antes y un después en 2007 cuando en aquella infausta crono por la autovía de Zaragoza Denis Menchov se cargó la emoción de la carrera. Aquello fue mucho y se perdió el equilibrio. Se arrinconaron paulatinamente las cronos y se pisoteó toda justicia deportiva en el diseño de recorridos que fueran buenos para todos.

Purito agradece a la organización estos recorridos. Es sincero y hace bien, pero la Vuelta desde 2010 hasta ahora ha traicionado su esencia, al menos la que yo creía que era su esencia que no era otra que buscar un recorrido que sin perder ápice de atractivo premiara el equilibro y creatividad. Veremos qué pasa este año porque confiarlo todo al cartel es pan para hoy y hambre para mañana. Este año han venido, por circunstancias, por el momento, pero quién sabe dónde estarán en 365 días.

Imagen tomada grupo Vuelta a España de Facebook 

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