La bicicleta que quiero

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Lo cierto es que siempre he sido bastante discreto con mis gustos más personales, pero te diré que ir en bicicleta para mí fue una de las primeras sensaciones de independencia. Significaba alejarte de las cosas cotidianas a una velocidad diferente. Y uno que pretende ser lo más independiente posible, nunca ha querido prescindir de estas sensaciones.

Estoy acostumbrado a utilizar cualquier tipo de bici. Todas ellas llevan los mismos mecanismos y las mismas virtudes, también todas ponen a prueba nuestras habilidades. Y todavía su relación esfuerzo-rendimiento no ha sido superada. Yo no puedo pedir más y gastar menos.

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No he tenido demasiadas bicicletas, y sólo dos fueron estrenadas por mí. Las demás son herencias, obsequios o “hallazgos”. Si quería algo realmente personal lo tenía que hacer yo.

Ya sabía, por los trabajos que había desempeñado, cómo es todo el proceso que genera cualquier producto industrial, por eso empecé por adaptar un cuadro BMX de Monty  aunque desde el respeto a sus virtudes . Siempre tuve muy claro qué es lo que quería: una bicicleta compacta, esbelta y elegante que mejorara la maniobrabilidad, fundamental en ciudad, pero que virtualmente conservara las mismas posturas a la hora de montar que las bicis de siempre.

Tuve la suerte de cursar una carrera como la de arquitectura que además es muy completa y humanista. Te enseña un poco de todo, tanto de letras como números y eso te da curiosidad sobre todo y que eres capaz de hacer cualquier cosa. Te da poder para hacer lo que te propongas. Nunca había tenido una bici que me gustara, por ejemplo buscaba una de ciclocross y no la encontraba.

Quería eso porque llevaba mucho tiempo rodando en bici por Barcelona, exactamente desde que volví de la mili, eso es a inicios de los noventa. En el servicio militar coges disciplina pero también una buena condición física al estar en una sección como la de zapadores esquiadores y esta disciplina la alargas. Estaba muy acostumbrado al deporte.

Siempre fui a la facultad en bicicleta, eran años en los que nadie iba en bicicleta.  No había prejuicios, ni la gente  se molestaba aunque fueras por la acera, porque ir por la carretera parecía un suicidio. No obstante siempre he intentado ir por la calzada, porque en el fondo somos un vehículo y podemos atropellar a un niño o señora mayor por mucho cuidado que pongamos.

Entonces existía la cultura de Tour de Francia, todos veían el Tour pero iban a ciclomotor, quizá, en algún pueblo muy perdido, había un abuelo con bicicleta. La gente aspiraba a una moto en cuanto reuniera un poco de dinero.

Mi bicicleta era muy normalita y la ataba a un árbol o un poste. No había peligro de robo. No existía la fiebre de las bicis caras de ahora, también habían asociaciones de ciclistas.

La bici en cuestión era una Peugeot Berckeley que compré en Tomás Domingo. Mi primera idea era comprar una de ciclocross, que entonces eran por encargo porque no había nadie que las fabricara. Siempre he considerado esas bicis como las perfectas para ir por ciudad: con cableados perfectos para llevarlas al hombro, frenos cantilever, una horquilla holgada para que la rueda pasara bien. La prueba de su versatilidad es el éxito de las bicicletas de gravel.

Acostumbraba a ir diariamente desde la Zona Franca a Zona Universitaria pasando por Collblanc. La ida era más complicada porque era subida y debía pasar por puentes peatonales. No había nada de infraestructura.

En la universidad sólo dos íbamos en bici, una chica y yo. Con el tiempo se sumaron otro chico y un profesor que iba con culotte. La gente no me decía nada en especial, todos estaban en lo suyo aunque casi todos iban en moto o metro, de hecho la universidad era una zona bastante bien comunicada por transporte público. Los veranos siempre he salido con la bicicleta. Haciendo cicloturismo por el sur de Francia especialmente, incluso subiendo al Mulhacén.

Antes la gente te miraba con buenos ojos, ahora se ve como si el ciclista ocupara el espacio quizá porque ahora somos más. Creo que estamos aún buscando cada uno su sitio, espero un día lo encontremos.

Por Antonio Castro, creador de Castro Bikes 

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