Las Ardenas

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Para mí las Ardenas era el primer gran objetivo del año, un momento para sentirse ciclista de verdad, porque Bélgica es tremenda cuando hablas de ciclismo: la afición que tiene y como lo notábamos los corredores que teníamos cierta solera, con galones de favoritos. Te esperaban en la puerta del hotel con tu foto, reclamando una firma, el jaleo de las salidas, ni un metro libre en las cunetas, todos chillando tu nombre… Era muy especial para mí.

Hubo un antes y un después en la concepción de estas carreras compitiendo con Alejandro. Trabajando para él, hacía mi puestecillo, eso me empujó a fichar por Katusha, para ver dónde podía llegar en estas clásicas. Si tengo que dar motivos para ese cambio, este objetivo fue uno para cambiar de equipo.

Recuerdo que mi debut con Katusha fue en la Amstel y no me fue bien, pero en la Flecha ya quedé segundo. Al pie de Huy arrancaron Contador e Igor Anton, casi desde abajo, luego les cogió Cadel Evans, y puso un punto que me pareció ideal pero que asfixió tanto que no tuve cojones a adelantarle. Quedé segundo.

La Amstel es preciosa, pero muy estresante. Una locura de carrera y muy bonita para ver, sobre todo porque este año voy por primera vez como espectador. En un mismo sitio los ves pasar varias veces. Si miras el mapa, ves que en seis kilómetros cuadrados pasas hasta treinta veces. Como corredor no te das cuenta de ello y sin embargo, un repecho de subida o de bajada, cambia mucho. No te percatas hasta que te lo explican. La visión cambia mucho del corredor al espectador.

Estuve cerca de ganarla en 2011, cuando hice segundo. Fue una carrera que se planteó sola. Philippe fue el primero en armar el corte, en el repecho de la antena, el más duro, haciendo que llegaran al Cauberg un grupo de unos doce ciclistas. Entonces la carrera se rompía antes. Al pie del Cauberg ataqué, faltaba un kilómetro a meta, me dije “imposible que te sigan”. Tenía la mente sobre Freire y no ante Gilbert, porque estaba muy castigado. “Es imposible que nos gane”, me repetía. Pero me cogió y no hubo forma de disputarle. Iba facilísimo.

La Flecha es la que mejor me iba de las tres, por el final en ese muro. De hecho la he ganado una vez, más la llegada del Tour y tengo bastantes podios. No creo que fuera por el kilometraje, porque mira Lombardía, San Sebastián, la Lieja,… los kilómetros no eran un problema. Si la Lieja hubiera tenido un muro tan duro como en la Flecha, seguramente hubiera tenido alguna en el palmarés.

Mi victoria fue preciosa, un día de frio y muy trabajado por el equipo. Lluvia y viento, caídas… una Flecha seria. Yo tenía claro donde arrancar, donde Gilbert me había atacado el año anterior, a cuatrocientos de meta, justo cuando se gira a la derecha. Y a ganar.

Entre Flecha y Lieja, los días son espectaculares. El entrenamiento del viernes es el más bonito del año. Nos juntamos todos cerca de Stockeu y hacemos los últimos cien kilómetros, no sólo nosotros, todos los equipos. Unos nos pasan, otros los adelantamos… Nos saludamos, es muy guapo. Recuerdo que con Gasparotto siempre cruzamos saludos. En la ultima Lieja hicimos juntos ese entrenamiento, y grabamos el lavé final que este año lo han quitado. No me gustó nada ese añadido. El pavé es para el plavé y la Lieja necesita cotas. Es como si la San Remo la quieres hacer dura metiéndole un puerto. Es un monumento, es así y punto.

La Lieja es la carrera más solera de las tres. Es la que más marca, fue mi gran sueño como ciclista, que nunca logré. Me hacía más ilusión ganarla que un mundial y una gran vuelta. El año que más cerca estuve fue la de 2015, cuando Valverde nos ganó con Dani Moreno atacando por delante. Pensé que podía haberla ganado él, aunque yo me encontré muy bien. Dani quiso hacer la carrera tan dura que se fue delante. Pareció que Valverde iba muy fuerte, pero no lo estaba tanto. Si le hubiera arrancado a un kilómetro, quizá le hubiéramos puesto en problemas. No pudo ser.

Por Joaquim Rodríguez

Foto tomada del FB de Liege-Bastogne-Liege

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