Las cuatro edades de Alejandro Valverde

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El día de su cumpleaños, vemos que las redes se acuerdan de forma casi masiva de felicitar al que es a mi entender el ciclista del año en este primer tercio. Incluso por delante de otros dos que podrían rivalizar por ese oficioso galardón, Van Avermaet y Gilbert, creo que Valverde se ha hecho acreedor a este breve escrito que habla de un corredor que es mucho más que un especialista en carreras de un día o vueltas de una o tres semanas, es un tipo con ganas de mejorar perennemente, con la ilusión prendida en los ojos y tatuada en las piernas, la ambición de no tener nunca suficiente y el carácter de caer bien a la amplia mayoría. Al final con todo ello tenemos que, sin ser el mejor en algo concreto, no para de crecer, sorprender y mejorar en todo, en bloque, de forma unánime, como si la naturaleza le hubiera bendecido de algo que todos soñaríamos poseer alguna vez.

Es Alejandro Valverde y para situarle deberíamos irnos al principio de sus principios, para entender, además, la trayectoria de este ciclista que camina por la singularidad más absoluta. Si retrocedemos quince años, ni más ni menos, veremos ese chaval de Kelme que venía de ganar y machacar en amateurs que tras una campaña de adaptación se puso manos a la obra…

Es el primer Valverde, el ciclista imberbe que ganaba con una facilidad pasmosa. La primera importante fue una etapa de la Vuelta al País Vasco seguida de alguna más antes de la traca de final de año, dos etapas en la Vuelta a España, cuyo podio ya pisó. De esas dos victorias, una increíble en La Pandera, que confundía al personal sobre las posibilidades de ese ciclista que teníamos por clasicómano en potencia, hecho que refrendó cuando se colgó la plata en el Mundial que ganaba Astarloa.

Al año siguiente, hubo más de lo mismo pero con inercia adquirida, en una campaña complicada pues aparecían fantasmas que vendrían a verle un par de veces en temporadas venideras: las confesiones de Manzano sobre las prácticas del Kelme…

Y amaneció la segunda edad de Valverde, ya en “chez Unzue”, el corredor que descubrió el Tour y quedó loco. Ese día en Courchevel que ganó a Lance Armstrong, el Armstrong de primera etapa montañosa, que como se sabía era el que abría las brechas. Y empezó la leyenda, cayeron las clásicas de las Ardenas, San Sebastián, el maillot amarillo del Tour y hasta una Vuelta a España que le servía para soñar con las tres semanas. Si me pidierais un año os diría 2008. Rozó la perfección.

Pero esa pesadilla recurrente volvía. Primero en la Operación Puerto y unas horrososas semanas en 2006, cuando el 99% de sus ruedas de prensa versaban sobre lo mismo y luego con la sanción y las prácticas del CONI. Nunca admitió su culpa. Dos años en el dique seco que amanecieron en la tercera edad, la que empezó en 2012 y tuvo dos grandes momentos: la victoria en Peraygudes en el Tour de su reaparición y el podio de 2015 en la ronda francesa, un objetivo al que se consagraron tanto él como su equipo incluso por delante de ayudar a Nairo.

Y llegó la cuarta edad, la post Tour 2015, la de un ciclista que no corre, disfruta, se enciente sobre la bicicleta. Que va allí y gana, que vuelve de allí, y gana, que sigue y sigue ganando para amasar un inicio de campaña excelente, yo creo que inmejorable, no sé qué habría sido de él de haber tomado la salida en la París-Niza.

Y es que este recorrido a velocidad de centella sobre lo que ha sido y es Valverde en un sencillito homenaje al competidor que ha sobrevivido a todo, a su tiempo, a sus fantasmas, a feroces críticas para sentarse hoy, mirar la tarta y soplar las 37 velas con la felicidad de saberse con un don que pocos tienen y menos sabrían explotar como él lo hace.

Imágenes tomadas de web de Movistar, Alejandro Valverde, Zimbio y Ciclo21

INFO

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