Las dudas abordan a Sagan

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Cada año por estas fechas, desde hace unos dos o tres primaveras, surge la misma pregunta y la respuesta es difusa: ¿Ganará Peter Sagan su primer monumento? En el cambiante y sorpresivo mundo del ciclismo cualquier cosa es posible, y como ya dijimos el otro día al final del Het Nieuwsblad, sólo ver el desenlace de la citada carrera demuestra que las clásicas son otra cosa.

Miremos que un tío más lento que Sagan, como el generoso Greg Van Avermaet, fue mejor en la llegada de hace diez días a Gante, mientras que en ese mismo sitio, dos años antes, el armario que es Ian Stannard batía a Van Avermaet al sprint cuando los pronósticos apuntaban otro resultado.

Dicho esto de la inestabilidad de cualquier vaticinio que realicemos sobre una clásica, se le une la terrible, casi perenne fragilidad que Peter Sagan demuestra en las clásicas. Es un hecho, no sabemos si mental o físico, yo diría que es más lo primero, pero vemos que cuando las carreras atraviesan un cierto punto, Sagan entra en stand by, como si la varita que un día tuvo por aliada fuera pólvora mojada.

Le ha pasado muchas veces y no sólo el año pasado, donde muchos creemos que la maldición del arco iris la tuvo por adelantando, con una terrible fila de segundos puestos antes de llegar y besar el santo en Richmond, cita a la que por cierto iba de tapado y le acabo beneficiando.

Miremos la Milán-San Remo de aquel gélido mes de marzo de 2013, interrumpida por la nieve antes del Turchino. Sagan cayó en línea de meta frente a Gerald Ciolek. A los pocos días Cancellara le daría lo suyo en Flandes. En 2014, hubo más de lo mismo, aunque con ración extendida porque se fue de vacío en el Tour, transmitiendo la sensación de que esa medición de tiempos que tan por la mano tenía se había ido a traste.

Y el año pasado, qué decir del año pasado. Una primavera frustrante, en todos los sentidos, metido en todos los fregados, pero nunca para recoger el premio en el podio. La imagen de Sagan cabizbajo en Harelbeke, derrotado y frío tras el ataque certero de Geraint Thomas fue la impronta de su primavera, la imagen que Tinkov utilizó para cuestionarle de arriba abajo. Lo que no esperaba el magnate ruso es que su bien remunerado ciclista fuera más popular y querido en la derrota que en las victorias, y el Tour de Sagan, con no sé cuántos segundos puestos, le aupó al atril del cariño del populacho.

La temporada corriente ya tiene sus piedras de toque. Het Nieuwsblad frente a Van Avermaet, ciclista que por cierto le ha tomado muy bien la medida, y la ultima en la Strade Bianche, armando la fuga buena y descolgándose en la estrecha calle medieval de Siena. Lo que viene por delante para Sagan es, como dirían nuestros paupérrimos políticos, una tarea hercúlea, ¿será capaz de darle brillo a ese arco iris?

Imagen tomada del FB de Strade Bianche

INFO

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