11 x 13. Las espinitas clavadas de Peter Sagan

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En el ciclismo hay dos tipos de competidores, un poco como en la vida. Están los sufridos abuelos que granjean la fama grano a grano, día a día. Condicionan su ser a un objetivo lejano, extraño, se confían al trabajo serio, metódico, casi esclavo pero un día llegan al objeto de su deseo y dicen: “Mereció la pena”. El ciclismo, deporte agonístico, de fondo y desgaste. Actividad dura como pocas, sufrida y sacrificada, que deja cicatrices en piernas y clavícula, pero también en el alma y en lo más profundo de tu ser. El ciclismo está plagado de esos abnegados abuelitos que estrujan la gloria tras “toda una vida”.

Pero ocurre que cada cierto tiempo centellea alguien, algo, inesperado e impropio de este circo de calamidades y silíceos. Corredores con tez de niño y sonrisa ingenua. Ciclistas no convencionales en esencia, aunque trabajadores y concienzudos en apariencia. Ciclistas como Peter Sagan, aguerridos y sesudos, pero revestidos de don y aureola, con facilidad para el triunfo, para liarla, para no pasar desapercibido.

¿Cómo analizar el cuarto año de Peter Sagan? ¿Cómo ser ecuánime? ¿Cómo dimensionar sus logros, sus éxitos, sus podios, sus no pocas segundas plazas? Si no sentamos fríamente y vemos quién es, y cuánto hace que nació tendremos una medida coherente. Hasta el año pasado Peter Sagan podría haber competido con licencia de sub 23. Nacido en 1990 cuando Greg Lemond ganaba su tercer Tour embutido en su arco iris, cuando Miguel Indurain explotaba en Luz Ardiden, esos días de sofocante verano de nueva década, Peter Sagan no gateaba y posiblemente empezara a dormir ocho horas seguidas.

Vista la juventud de este rayo venido de Eslovaquia, no es de extrañar que su cuarto año en la elite de elite nos parezcan un siglo. Aquella París-Niza congelada, con Purito quitando el polvillo a su recién estrenado maillot de Katusha, denodadamente entregado a ganar su primera carrera con el equipo ruso y viendo como una chispa verde conseguía arruinarle una y otra llegada que le era propicia.

Desde entonces Sagan ya no es anónimo. Es un dorsal señalado, su espalda, a ojos de los rivales, lleva una X. Cada año que ha pasado desde ese 2010 ha sido mejor que el último, pero claro llega un momento que para mejorar se te exigen retos que a muchos les significa una trayectoria deportiva y este 2013 presenta balance agridulce para el jovenzuelo volador.

Por un lado, ha seguido su normal maduración con actuaciones que rozaron la perfección sobre todo en las vueltas por etapas donde amasa parte importante de su palmarés. Victorias por duplicado en Tirreno, Omán, California, Suiza,… e incluso etapa en el Tour, donde se volvió a enfundar el maillot verde, ese que le distingue de un sprinter puro y duro.

Sin embargo, el eslovaco sigue en el umbral de las grandes gestas que se atribuyen por adelantado. Ganar una etapa en la Tirreno, en la París-Niza, incluso en el Tour, son tareas asumidas por este anotador, pero hacerlo con idéntica solvencia en San Remo o Flandes, se le resiste. Aunque obviamente le quedan muchos años por delante, las dificultades que entrañan los monumentos no le son ajenas a Sagan. Gerald Ciolek le fastidió el éxito en la “Classicissima” en la misma línea y su “amigo” Fabian Cancellara en Flandes en el último adoquín del último muro aunque nada le dolió tanto como la derrota frente a Mark Cavendish en el Tour en una llegada horrorosamente planteada por su parte.

Mientras crece ganando en Wevelgem, a nadie se le escapa que el siguiente paso de Sagan pasa por un monumento que una vez gane muy posiblemente se quede pequeño ante el siguiente reto que emergerá. Porque éste es el sino de Sagan, correr, competir y vivir con un reto en el horizonte, un reto que cuando logre, esté oscurecido por otro similar o algo mayor. Es en definitiva el sino de los elegidos, de los diferentes. El reto de los mejores de su generación.

#13×13 es el relato de perfiles, paisajes y momentos que describen el año que se nos escapa.

Foto tomada de www.rudyproject.es

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