Las penurias ciclistas que no volverán

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El ciclismo de antes era diferente al que se vive hoy en día. Antes no existían ni mucho menos los medios técnicos y económicos que envuelven al ciclismo actual. Entonces, diríamos, que el ciclista era más bien una individualidad, un ser que incluso daba la sensación de que estaba apartado del mundillo que le tocaba vivir. Acostumbrado estaba el atleta del pedal a afrontar situaciones embarazosas o de difícil resolución, amparado por la soledad de unas carreteras en su mayoría en muy mal estado, polvorientas, embarradas, bacheadas, intransitables casi y con mil otros inconvenientes de más que asolaban de cerca a los sufridos ciclistas.

Los medios de transporte con que contaba el ciclista

Recordamos, por ejemplo, cuando los mismos corredores por su cuenta y riesgo se trasladaban de un lado a otro de nuestro país contando con escasos medios económicos para pagarse siquiera el viaje en cuestión. Por lo general, disponían de escaso dinero. Consumían justo lo indispensable. Lo más asequible era servirse de un simple tren cansino y anticuado que solía parar en todas las estaciones agregadas en su recorrido, en donde tenía lugar el inicio y la disputa de una competición ciclista determinada. A pesar de la evolución de los tiempos, parecía que se daba a entender a los profanos que con prisa no se iba a ninguna parte. Era la premisa que había que asimilar con cierto rigor.

Con 100 pesetas en el bolsillo

Nos viene a la memoria, hurgando un poco en las historias del pasado, un hecho que deseamos plasmar al sumergirnos en esta clase de temas. Nos hemos de situar en el año 1953, con motivo de celebrarse la Vuelta Ciclista a Asturias, por etapas. Un tal Bahamontes, desconocido todavía en aquel entonces, decidió inscribirse en aquella prueba que acaparaba cierta atención e interés deportivo. El citado corredor, con una ilusión escondida, tomó la iniciativa de trasladarse de un punto más o menos cercano a la ciudad de Toledo, precisamente en los confines familiares en donde él habitualmente residía. Disponiendo de un valioso ahorro económico, le fue factible el trasladarse al lugar puntual de la citada carrera, llevando consigo cien pesetas en el bolsillo contantes y sonantes. Era su único y precario recurso o salvavidas para llegar a donde él pretendía llegar. Se trasladó, eso fue la nota, montado en su misma bicicleta, un regalo familiar, acompañándole en este cometido un otro compañero de fatigas que había formalizado también su inscripción. Aquella competición por etapas encerraba una particular dureza por la agresividad que ofrecía su recorrido imbuido en pleno suelo asturiano salpicado de innumerables montañas que atenazaban a los más valientes del pedal. Todo suponía una arriesgada aventura que atraía a la gente joven, ávidos de una popularidad algo ficticia.
Aquel viaje supuso para Bahamontes y para su fiel compañero cubrir la distancia de aproximadamente 700 kilómetros, cosa que se realizaron y que les obligó a invertir tres jornadas de pedaleo. Fue un hecho real que ahora nos parece del todo inaudito y con cariz a todas luces casi inverosímil. El ciclismo no era un deporte muy considerado y se le denominaba en un decir vulgar como “El deporte de la alpargata”. Recordamos bien este aserto. Los ciclistas, soportando los rigores de la naturaleza y demás, se solían desplazar con el medio disponible y más asequible que hubiera. No era pues raro que algunos ciclistas optaran por valerse de las mismas bicicletas para ir de un sitio a otro. Era algo así como una norma muy común que no llamaba la atención al gran público.
Luego, acto seguido y una vez llegados al punto de partida de la prueba, debían competir de verdad sin saber si alcanzarían algún posible premio, y, en consecuencia, algunas pesetillas de más como compensación a los esfuerzos realizados en carrera, incluyendo un desplazamiento que contribuía como complemento para reforzar también su puesta a punto.
El mismo Bahamontes, con el que siempre hemos mantenido una sincera y abierta amistad, nos comentaba este suceso con evidente soltura y desenvuelta vehemencia. Nadie podía imaginar el alcance del sacrificio que suponía para algunos forjadores de kilómetros el llevar a cabo aquel tipo de aventuras a todas luces desfasadas, pero que la época con sus estrecheces bien exigía. Hoy aquel pasado tan abnegado ya no existe. Aquellos malos vientos ya no volverán. La abundancia económica, a pesar de que casi siempre se habla de crisis, se vale de otros horizontes más lisonjeros.

Por Gerardo Fuster

INFO

Jonathan Castroviejo, protagonista en la foto ganadora del concurso de Inverse en Instagram

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La foto de la japonesa Mika Oouchi (@maika_b_idea) de Jonathan Castroviejo en la contrareloj del Mundial de Ciclismo de Ponferrada 2014, es la ganadora del último concurso #inverseteams de Inverse en Instagram.

En nuestro último concurso de Instagram han participa más de 100 fotografías de los aficionados al ciclismo que estuvieron en el Campeonato Mundial de Ciclismo de Ponferrada 2014. El objetivo del concurso era premiar a los aficionados que hicieron fotografías de la selección española de ciclismo.

El premio de concurso era una réplica de la equipación completa de la selección española de ciclismo confeccionada por Inverse, formada por un maillot y un culotte, y que precisamente la selección estrenó en Ponferrada.

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