#LaVuelta 13: La etapa de relleno

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La decimotercera etapa, que condujo a los concurrentes a la población de Urdax, junto al sector comercial y fronterizo de Dantxarinea, tenía una dureza algo sostenida dado que se debían salvar a lo largo de su itinerario cuatro puertos de tercera categoría, lo cual obligaba, en teoría decimos, a estar siempre al acecho por lo que pudiera suceder y que no sucedió. El contraste de esta etapa, que quisiéramos bien olvidar, fue de un aburrimiento casi total que se vivió a lo largo de una jornada a la vista del todo inaudita, salvo la escapada matutina que tuvo lugar casi como una tradición llevada a cabo por una docena de corredores bien avenidos, que representaban individualmente a doce escuadras diferentes de las que se inscribieron y concurren en la Vuelta.

Un inciso para comentar siquiera que en esta fuga pintoresca, casualidades de la vida, no figuraba ningún representante español, cosa que nos hubiera gustado siquiera como simple anécdota. Fue una etapa sin movimiento y previamente convenida. Más les hubiera valido a los organizadores pactar una jornada más de descanso o de asueto como nuestros lectores mejor quieran. Ahí hubo un pacto mutuo de benevolencia entre las formaciones, lo cual en consecuencia significa que se aparta de lo que debe ser la esencia que debe encerrar el verdadero deporte. El deporte por encima de todo requiere abierta transparencia, cosa que algunas veces no ocurre tal como bien quisiéramos. Lo sabemos.

La etapa norteña que culminaba en las estribaciones de las montañas pirenaicas y más concretamente en la localidad de Urdax y alrededores, nos ha deparado un mal ejemplo con este hecho puramente circunstancial que no borra ni ha borrado la emotividad candente vivida a lo largo de las doce etapas anteriormente disputadas, que han sido patrimonio de la Vuelta y de la que nos sentimos muy motivados. Estamos bien seguros que en las etapas que restan volveremos a tener el panorama atractivo y emotivo que el mundo de las dos ruedas bien desea y bien merece.

Introduciéndonos un poco tan sólo en lo que dio de sí la etapa es fácil deducir que los doce aventureros lanzados en vanguardia cuando se llevaban unos pocos kilómetros de recorrido, un recorrido algo intrincado, no suponían ni de lejos un serio peligro que pudiera desestabilizara los designios de la clasificación general, allí tenían su arma y su posición aventajada frente al gran pelotón. Todos ellos bien conjuntados fueron acumulando progresivamente una substancial ventaja que llegó a ser en la misma línea de meta de treinta y tres minutos con 54 segundos, cronómetro en mano para ser exactos.

El italiano Valerio Conti (23 años), una joven y real promesa del ciclismo transalpino, llegó algo más destacado a la meta y se adjudicó el triunfo. Tras él, culminaron cinco otros componentes apellidados por el suizo Wyss, el ruso Lagutin, el noruego Stake, el austríaco Gogl y el belga Lampaert, que llegaron a 55 segundos y en este orden. La media docena que faltaba lo hizo escalonadamente algo más tarde. El bochorno nos lo dio el gran pelotón confabulado en llevar una marcha cansina todo el día y que llegó a ser, repetimos, superior a los treinta y tres minutos. Este grupo, si es que puede llamarse grupo, estaba compuesto por sesenta y tres unidades. ¡Casi nada!

Por Gerardo Fuster

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