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Los años de Indurain: 1984

Ciclismo antiguo

Los años de Indurain: 1984

El ciclismo español vuelve a tocar pelo. La crisis que sobrevino con el ocaso de Luis Ocaña, a mediados de los setenta, empieza a remitir con la entrada de la nueva década. Hay un punto de inflexión para muchos, el Tour de 1983, la carrera que los azulones del Reynolds afrontaron cargados de dudas y pocas certezas y que quizá por ello se salieron con el mejor premio posible, tan grande que, por inesperado les dio el estatus que treinta años después siguen teniendo en el concierto ciclista.

La explosión de Pedro Delgado más el podio de Angel Arroyo, solo superado por aquel insolente rubio llamado Laurent Fignon, el hombre que todo lo hizo muy rápido, fueron elementos clave en la siguiente campaña, la de la consolidación de aquel bloque que había hecho historia con mayúsculas, que había peusto de nuevo el cilcismo en el imaginario a este lado de los Pirineos.

Aquel Reynolds tenía un equipazo. Tenía a Perico y Arroyo, los héroes del Tour del año anterior, tenía al sobrio José Luis Laguía, quien construía su imagen de eterno de rey de la montaña, a Iñaki Gastón, joven, pero afilado en reventar llegadas, a Juliá Gorospe, el hombre que tenía medio corazón de la hinchada vasca, el otro iba con Marino, a Carlitos Hernández, listo como el hambre, a Celestino Prieto, al veloz Vilamajó,… y a un joven navarrico, de Villaba, mocetón, ancho de espaldas, que cumplió la mayoría de edad siendo campeón de España, que prometía buenos triunfos, merced a un físico imponente, tez morena, pelo negro como un tizón pero pómulos afinados que anticipaban instinto ganador.

Sí, era Miguel Indurain. Veinte años tiernos, casi recién cumplidos cuando toma salida del Tour del Porvenir, por esas fechas también de la Comunidad Económica Europea, que no vestía de amarillo, y sí de azul a su patrón. El cuatro de septiembre Indurain aterriza en Francia, vacío de experiencia, lleno de ilusión. No le va mal. A los tres días pisa el podio, es en Millau, donde muchos años después defendería la suerte de Perico. Indurain forma parte del Reynolds que gana la crono por equipos en el corazón del Macizo Central.

Antes de finalizar trigésimo octavo su primera vuelta por etapas, ganaría una crono. Fue entre Tarbes y Pau, en los contrafuertes de los Pirineos que tantas alegrías le brindarían. Su primera crono de una serie enorme, inimitable de triunfos en el digno ejercicio del test individual. Sobre 46 kilómetros despliega su poder sobre Jeff Bernard, con los años gregario de lujo en Alpe d´ Huez para el navarro. Veinte segundos entre el primero y el segundo, y por detrás Charly Mottet y Piotr Ugrumov. Nuevos conocidos que serían rivales perennes en los años venideros.

Poco antes habría tomado parte en la carrera de fondo de los Juegos Olimpicos de Los Angeles que ganaría el canadiense Alexis Grewal. Corrió con Paco Antequera, muchos años después seleccionador de confianza para Oscar Freire, el veloz Manuel Jorge Domínguez y José Salvador Sanchís. Sólo Anquera acabó, el 23ª, los otros dejarían a medias la carrera, Miquel a cuatro vueltas del final…

Imagen tomada de Parlamento Ciclista

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Mira los portabicicletas de techo by Cruz

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