La nostalgia de los tiempos del Clas

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Pocas veces el ciclismo cumplió tan bien con cometido de situar una marca o emblema en la mente del público como hizo con la Central Lechera Asturiana, Clas, en la primera mitad de los años noventa. Como bien sabéis hace unos meses salió un tremendbundo libro firmado por Daniel Cabrero y Sergio Fuente titulado “El Clas, el equipo de Asturias, el sueño de su afición”.

El libro, grande, formato DIN A4, es una invitación a la nostalgia de quienes vivimos aquellos años de sueño astur, para quienes, como el que esto firma, nació cerca del Principado, aunque un poco más al sur. La sucesión de eventos que dejaron al Clas como uno de los mejores equipos del mundo se retrata profusamente en la obra, con raíces en los años previos al salto definitivo a la máxima categoría, los años ochenta principalmente, antes de que explotara en la siguiente década.

Bajo los designios de Juan Fernández, una de las personas más crípticas del ciclismo, el equipo creció hasta atraer el nombre que les dio la cuota que les situó al nivel de los otros dos grandes del pelotón español, Banesto y ONCE. Hablamos de Tony Rominger, el suizo que encontró en Asturias la extensión paisajística y espiritual de su tierra suiza, verde, fecunda…
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Antes de Rominger, el Clas entonces optaba a premios como el de la montaña del excelente ciclista que fue Iñaki Gastón o top ten como los de Echave y Peio Ruiz Cabestany. Con Rominger se abrió rápido el tarro de las esencias, País Vasco y la Vuelta a España que aterrizó en Luz Ardiden, en un día ciego por la niebla, con jornadas para el recuerdo como la del Naranco, aquella en la que Javier Mauleón ganara por la mínima ante Jesús Montoya.

Porque cuando el Clas llegaba a la joya prerrománica con vistas a Oviedo, la afición encloquecía, como en aquella jornada que enterró las opciones de Alex Zulle bajando la Cobertoria. Ese año Rominger sería segundo en el Tour, el tercero de Indurain, y muy perjudicado por una sanción que aún hoy no acertamos a entender. Rominger fue mano a mano con el navarro, no se dejaron en toda la montaña y dio la sensación de haber optado a más de haber competido en igualdad, primero por sus propias condiciones, luego por el equipo que crecía a su alrededor: Olano, Escartín, Leaniz, Arsenio, Mauleón, Unzaga,…

Pero los trenes pasan y nunca más estaría el suizo en disposición de ganar el Tour. El equipo ya no era exclusivamente Clas, porque Mapei desembarcó para con los años copar el nombre del equipo, sin embargo y aunque el poder de aquella escuadra fuera a más, hasta desembocar en el actual Etixx, las raíces asturianas del proyecto siempre flotaron en el ambiente como bien corroboran la mayoría de ciclistas que vistieron aquella camisola.

El Clas era lo más parecido a un equipo de fútbol que podía ser un equipo ciclista. Tenía una cantidad increíble de aficionados que le apoyaban incondicionalmente. Era como jugar en el Real Madrid” dijo Roberto Sierra en un meritorio ejercicio de reunir la práctica totalidad de aquellos protagonistas que firma de su puño y letra los recuerdos que le vienen a la mente cuando hablan de aquel proyecto. Un servidor que sabe lo que implica esa labor, lo valora especialmente.

Por cierto aquí podéis saber más de la obra en cuestión.

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