Los colaterales de la mundialización del ciclismo

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Hay dos formas de hacer grande un deporte. La más obvia habla de respetar lo que tienes de bueno, que seguro algo hay, y darle la dimensión de modernidad que le permita salir adelante. La otra, es romper con lo establecido, negar la herencia y querer partir de sino de cero, si desde un punto que niegue lo bueno y grande que seguro tiene tu deporte.

Hace poco comentaba con una persona que sabe mucho de esto lo jugoso que era presidir la Unión Ciclista Internacional. A pesar de todos los pesares, el ciclismo tiene buena salud, desde un punto de vista muy genérico. La carretera es fuente de buenas estructuras y marcas de bicicletas apuestan por este negocio, hay dos grandes organizaciones que emplean gente y el calendario es rico y multinacional. Hay sitios donde suspiran por tener un pelotón por sus carreteras. Luego la risa va por barrios y el estado de las cosas no es el mismo en todos los sitios.

Para un presidente de la UCI hay importantes negocios que cerrar, contratos por donde expandirse, puestos mayores a los que aspirar. Pat Mc Quaid por ejemplo centró parte de su acción en hacer del ciclismo un deporte algo más planetario. La temporada se abre en Australia y aterriza en China. El objetivo es loable, perfecto, pero los modos de conseguirlo dejan que desear.

La jornada reina del Tour de Pekín que instaló Beñat Intxausti en la primera plaza de la carrera es un plausible ejemplo de la mundialización por la mundialización. Un buen ramillete de corredores se dio palos hasta la cima sin nadie, absolutamente nadie, en las cunetas. La etapa se desarrollaba un día de diario, lunes, a media tarde, en una zona de China, próxima a la capital sin más interés que el captaran las cámaras para un público eminentemente europeo.

Mi pregunta es ¿habría pasado algo si no esa carrera no se hubiera disputado? La respuesta es obvia, no, pero lo jugoso de llevar ciclismo al maná chino es más poderoso que buscar alternativas que realmente vendan ciclismo y atraigan personas a la cuneta. Un lunes al mediodía no parece el mejor momento. Entiendo que en la UCI, principal responsable de la carrera en el gran país asiático, hay gente capaz de logar que China vibre con el ciclismo y que no lo albergue por rutina e inercia.

Y lo más doloroso es que en Europa, auténtica cuna del ciclismo, estos desmanes de la UCI hacen daño. Miremos por ejemplo las dos grandes clásicas del otoño, Lombardía y Tours, citas centenarias, una llevada casi a periodo estival y la otra, sobreviviente por su enorme palmarés y el cobijo de ASO.

Tour de Pekín sí, pero bien, con la fórmula y periodo idóneos para que su desarrollo no parezca un frío negocio. Tour de Pekín no, cuando vemos que es un grupo de buenos corredores corriendo en la más absoluta clandestinidad por entre recintos amurallados donde guardias y vigilancia son la única expectación y mucho menos cuando su celebración implica vilipendiar dos grandes carreras que acompañan el ciclismo desde tiempos inmemoriales.

Porque además qué habrían de pensar los chinos que poniendo su dinero viendo la etapa que ganó Intxausti. ¿Realmente les reporta algo? Yo diría que más bien poco, más allá de lo anecdótico. No creo que un anfitrión quiera tener un deporte que no llena, que no engancha, que no atraer. Algo falla y el mero hecho de facturar no debiera ser lo único que mueve a algunos.

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