Los contables de Chris Froome

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No hay Tour de Francia sin paz, ni Grande Boucle carente de insinuaciones. A la modélica portada que Le Monde le dedicó a la carrera en sus prolegómenos, centrada en Lance Armstrong y la soflama “Es imposible ganar el Tour sin dopaje”, le sigue un goteo incesante, pertinaz y efectivo de sospechas, interpretaciones y otras cuñitas que contribuyen a poner en duda el producto estrella del grupo mediático de L´Equipe, por si no lo saben los grandes rivales del pastel de medios galos del mentado diario.

Recordemos que el estruendoso titular, una vez pasado el umbral de quien firma la pieza, daba paso a un artículo de obviedades donde lo forzado del titular se delataba como esa ilegítima maniobra que muchos medios se arrogan con el fin de vender un ejemplar más.

Pero Le Monde en su afán de copiar la tétrica guía de estilo de algunos medios a este lado de los Pirineos, sigue en sus trece y sitúa “radares” en algunas de las ascensiones de referencia de la carrera que camina por su ecuador. Esos radares estiman los vatios que mueven los mejores hombres de la competición y los ponen en una escala cuyo punto de inflexión se sitúa en los 450 vatios.

En Ax 3 Domaines, Chris Froome marcó 446 vatios, moviéndose en una escala que en un mapa de calor sería de color morado intenso. Según el baremo establecido, Froome desarrolla guarimos milagrosos, casi mutantes, y muy cerquita de los registros que hace diez años arrastraron Jan Ullrich y Lance Armstrong en estos mismos parajes. Otro que se movió en el terreno de lo asombroso fue Richie Porte, que estuvo en un registro de 435 vatios, algo por encima de los 410 que activaron Valverde, Mollema, Nieve y Ten Dam. Según el antiguo preparador de Festina, Antoine Vayer, moverse en los 410 vatios es humanamente posible, por encima de los 430 sospechoso.

No sé si los Sky andan tan obsesionados con sus SRM ante la incomodidad de sentirse observados, y casi estudiados. Otra ascensión que dio que hablar fue la de Alberto Contador en Verbier, hace cuatro años. De aquella performance Greg Lemond, ciclista triunfante de la nada sospechosa época de los ochenta, habló largo y tendido.

Y es que el problema de fondo es ese, que se habla largo, tendido y con una impunidad desternillante. Esto en cualquier otro deporte sería motivo de querella, en ciclismo, se mira para el otro lado y se sigue. Si tan obvio es, que los responsables de Le Monde lleven a todos estos ciclistas ante los tribunales por fraude deportivo o pongan en cuestión la autenticidad de los controles. De lo contrario, que se callen, entierren la cabeza bajo tierra y dejen de tocar los cojones como seguro que nunca harían en cualquier otro tema.