Los intangibles de Oscar Freire

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Estaba un servidor en Ermua. Frente al televisor nos apostamos a ver el Campeonato del Mundo de Verona de 1999. La carrera quemaba ciclos, se agotaban las vueltas. Era una edición con favoritos muy claros. Jan Ullrich y Frank Vandenbroucke metían miedo. Venidos de la Vuelta, estaban en un punto dulce. En ese grupo estaban además el campeón vigente, Oskar Camenzind, y Francesco Casagrande. Todos mostraban, todos evidenciaban. Se dejaban ver en cabeza, atacaban. Siempre en segundo plano, perenne, nunca más atrás de la quinta plaza, Oscar Freire.

Aquel risueño ciclista de Torrelavega estaba en el límite. Accedió al profesionalismo sólo un par de años antes, pero el proyecto que le acogió nació para otras tantas temporadas. El Vitalicio Seguros dejaba una buena ristra de ciclistas libres y entre ellos Freire. Sabedor de que aquello estaba siendo grande se “desacomplejó”, probó primero con el campeón Camenzind y luego en esa eterna recta quedó para siempre ese ataque certero por la derecha cuando todos circulaban por la izquierda en serpenteo. Nació un hombre nuevo, un especialista en Mundiales. El corredor, el elegido, para darle a nuestro ciclismo una orientación muy diferente a la histórica.

Oscar Freire emigró acto seguido. En España no tenía sitio. El todopoderoso Mapei le llamó a sus huestes. Ya en la Milán-San Remo de 2000 nos llegó una de sus señas: siempre solo, nunca acompañado, Freire se buscaba la vida en los sprints a sabiendas de lo llamativo de su maillot arco iris.

Pero Freire tuvo mucho que agradecer a su selección en sus dos siguientes mundiales. En Lisboa, allí donde no llegaba en el mejor tono, se llevó un triunfo que tuvo mucho de Beloki, Mancebo, Luis Pérez y compañía, aunque también del propio desacierto de la selección italiana cuando Paolo Lanfranchi arruinó un ataque de Gilberto Simoni con visos de triunfar. Nuevamente en Verona, la labor de Isidro Nozal y sobretodo Alejandro Valverde en la recta final, le auparon al que muchos consideran su mejor mundial, por estado de forma, insultante en aquel caso, y dominio de la situación.

Los años pasaron, y salvo en Madrid 2005, Oscar tuvo muchas opciones de disputar su cuarto título, algo que le habría singularizado. Por lo que fuere no ha sido posible. De esta aventura de 2012 le surge el agridulce sabor de irse con bronca, algo que en el Oscar Freire despreocupado e iluminado por la ilusión del principiante hubiera sido impensable.

Porque en este viaje iniciático que el ciclismo ha sido para este corredor, Oscar Freire ha dejado muchos intangibles que el público emborrona con las palabras al final de su carrera. El consideró un atentando contra la dignidad del profesional del ciclismo las localizaciones que tanto daño han hecho en el ciclismo. De él nunca ha emanado un mal gesto en ninguna de las volatas que ha disputado, vistiéndose de sensatez cuando éstas le parecían excesivamente peligrosas. Nunca le he visto vinculado a una trama o rumor de dopaje, algo que le singulariza.

En su fuero, estoy seguro, queda que el domingo en cualquier otro país le habrían diseñado una selección a su medida y no la colección de estrellas de De Santos. Quizá por que sabe que si en Italia, en Bélgica, en Holanda tienen una baza de su calibre no dudarían en poner todos los muebles a su favor. Y eso es posiblemente lo que le quema y lo que muchos no quieren entender. Sea como fuere, ahora que ya no lo tenemos, Oscar Freire ha sido un grande con mayúsculas.

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1 COMENTARIO

  1. Puede que los favoritos del mundial de Verona de 1999 fuesen Ulrrich y el desparecido Vandenbroucke, pero mi recuerdo de esa carrera fue la voz de sorpresa del también fallecido comentarista Pedro González, ante la inesperada salida de Óscar Freire… después vinieron otros dos mundiales.
    Tengo entendido que Freire es algo despistado… pero este mundial debería haber sido para él, aunque Gilbert se lo hubiera puesto dificil.

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