Cuando la televisión descubrió los Lagos de Covadonga

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Recuerdo perfectamente aquel día de primavera del año 1983. Por primera vez la Vuelta se retransmitía en directo por TVE. La expectación era enorme. Nadie conocía aquella subida que iban a afrontar los corredores. Decían que era muy dura. Y muy bella. No decepcionó a nadie. Aquella tarde pegado a la pantalla de televisión asistí al nacimiento de una estrella en la montaña asturiana de los Picos de Europa: los Lagos de Covadonga, y también por extensión al ganador de aquella épica jornada: Marino Lejarreta, que dio toda una exhibición en sus espectaculares rampas batiendo en los porcentajes más duros al mismísimo Hinault.

Desde entonces la leyenda de los Lagos creció a pasos agigantados y ganar en su cima daba prestigio y se convirtió en toda una hazaña para todos los que alzaban sus brazos junto al lago Ercina. Por recordar algunos pocos, y épicos nombres, me vienen a la memoria ciclistas como Perico, Millar, Lucho o Pino. Vencer allí arriba, a 1070 metros de altitud, no era fácil en los años 80 que tenían que mover desarrollos mucho más duros que los de hoy en día para superar muros como la Huesera o el Mirador de la Reina que por aquel entonces, muy lejos aún de los descubrimientos de Mortirolo, Angliru o Zoncolan, eran paradigmas de dureza extrema ya que no se conocían los exagerados porcentajes que actualmente sufren los corredores.

Ascender los Lagos en aquella época era el sueño dorado de muchos iniciados al cicloturismo que, como yo, veíamos en fotos las imágenes de aquella espectacular ascensión. En mi caso fue una que debí ver en alguna de las muchas revistas que tenía por ahí amontonadas. En la imagen tres cicloturistas, de espaldas y sobre las monturas de sus bicis, contemplando el hermoso lago de Enol. El de en medio apoyado en sus dos compañeros, manteniendo el equilibrio. No se les veían las caras, pero era fácil imaginarlas. Una estampa preciosa. Esta fue mi primera visión onírico-cicloturista que resumía a la perfección los valores que buscaba en este deporte: amistad, satisfacción, naturaleza y esfuerzo, el que suponía llegar en bici hasta la orilla de los lagos, y me dije: “yo quiero estar ahí”.

No tardé en cumplir aquel deseo junto a otros tres amigos y recuerdo, una vez superadas sus cuestas más duras, descender un corto pero duro repecho que nos mostraba, allá abajo a la derecha, en medio del verde asturiano, el anhelado lago. ¡Ya me encontraba allí! Pero para coronar la mítica montaña teníamos que llegar hasta arriba. No pudimos ver bien el lago de la Ercina ya que una espesa niebla nos lo impedía. Dimos media vuelta y la foto de rigor nos la hicimos donde años antes soñaba con estar. Un paraje venerado por muchos asturianos que año tras año han puesto el nombre de Enol a sus hijos. 


Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo

Imagen tomada de www.eyeonspain.com

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